XXIX
La
anunciación del Ángel
Tuve una visión de
la Anunciación de María el día de esa fiesta. He
visto a la Virgen
Santísima poco después de su desposorio, en la casa de
San José, en Nazaret.
José había salido con dos asnos para traer algo que
había heredado o para
buscar las herramientas de su oficio. Me pareció que se hallaba aún en camino. Además
de la Virgen y de dos jovencitas de su edad que habían sido, según creo,
sus compañeras en el Templo, vi en la casa a Santa Ana con aquella parienta viuda que se
hallaba a su servicio y que más tarde la acompañó a
Belén, después del nacimiento de Jesús. Santa Ana
había renovado todo en
la casa. Vi a las cuatro mujeres yendo y viniendo por el interior paseando juntas en el patio. Al atardecer
las he visto entrar y rezar de pie
en torno de una pequeña mesa redonda; después comieron
verduras y se separaron. Santa
Ana anduvo aún en la casa de un lado a otro, como una madre de familia ocupada en quehaceres
domésticos. María y las dos jóvenes se retiraron a sus dormitorios, separados.
El
frente de la alcoba, hacia la puerta, era redondo, y en esta parte circular,
separada por un tabique de la altura de un hombre, se encontraba arrollado el lecho
de María. Fui conducida
hasta aquella habitación por el joven resplandeciente que siempre me acompaña, y vi
allí lo que voy a relatar en la forma que puede hacerlo una persona tan miserable como yo.
Cuando hubo entrado la
Santísima Virgen se puso, detrás de la mampara de su lecho, un largo vestido de lana blanca
con ancho ceñidor y se cubrió la cabeza con un velo blanco amarillento. La
sirvienta entró con una luz, encendió una lámpara de varios brazos que
colgaba del techo, y se retiró. La Virgen tomó una mesita baja arrimada contra
el muro y la puso en el centro de la habitación. La mesa estaba cubierta
con una carpeta roja y azul, en medio de la cual había una figura bordada: no
sé si era una letra o un adorno simplemente.
Sobre la mesa había un rollo de pergamino escrito.
Habiéndola colocado la
Virgen entre su lecho y la puerta, en un lugar donde el suelo estaba cubierto con una alfombra, puso delante de
sí un pequeño cojín redondo, sobre el cual se arrodilló,
afirmándose con las dos manos sobre la mesa. María veló su rostro y juntó las
manos delante del pecho, sin cruzar los dedos. Durante largo tiempo la vi así orando
ardientemente, con la faz vuelta al cielo, invocando la Redención, la venida
del Rey prometido a Israel, y pidiendo con fervor
le fuera permitido tomar parte en aquella misión.
Permaneció mucho tiempo
arrodillada, transportada en éxtasis; luego inclinó la
cabeza sobre el pecho.
Entonces del techo de la
habitación bajó, a su lado derecho, en línea
algún tanto oblicua, un
golpe tan grande de luz, que me vi obligada a volver los ojos hacia la puerta del patio. Vi, en medio de
aquella masa de luz, a un joven resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que
había descendido ante María, a través de los aires. Era el
Arcángel Gabriel. Cuando habló vi que salían las palabras de su boca como si fuesen letras
de fuego: las leí y las comprendí.
María inclinó un tanto su cabeza velada a la derecha. Sin
embargo, en su modestia, no
miró al ángel. El Arcángel siguió hablando.
María volvió entonces el rostro hacia él, como si
obedeciera una orden, levantó un poco el velo y respondió. El ángel dijo
todavía algunas palabras. María alzó el velo
totalmente, miró al
ángel y pronunció las sagradas palabras:
"He aquí la sierva del Señor; hágase en mí
según tu palabra"…
María se hallaba en un profundo arrobamiento. La
habitación resplandecía y ya no veía yo la lámpara del
techo ni el techo mismo. El cielo aparecía abierto y mis miradas siguieron por encima del
ángel una ruta luminosa. En el punto extremo de aquel río de luz se
alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era como un fulgor triangular, cuyos rayos se
penetraban recíprocamente. Reconocí allí Aquello que sólo se
puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y, sin
embargo, un solo Dios Todopoderoso.
Cuando la Santísima
Virgen hubo dicho: "Hágase en mí según tu
palabra", vi una
aparición alada del Espíritu Santo, que no se
parecía a la representación habitual bajo la forma de paloma: la cabeza
se asemejaba a un rostro humano; la luz se derramaba a los costados en forma
de alas. Vi partir de allí como tres efluvios luminosos hacia el costado derecho
de la Virgen, donde volvieron a reunirse.
Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la
Santísima Virgen volvióse
luminosa Ella misma y como transparente: parecía que todo lo que
había de opaco en ella
desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el
espléndido día.
Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de
opaco o de oscuro.
Resplandecía como enteramente iluminada.
Después de esto vi que el ángel desaparecía y que
la faja luminosa, de donde había
salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y
volviese hacia sí la luz
que había dejado caer. Mientras veía todas estas cosas en
la habitación de María
tuve una impresión personal de naturaleza singular. Me hallaba
en angustia continua, como si
me acechasen peligrosas emboscadas, y vi una horrible serpiente que se arrastraba a través
de la casa y por los escalones hasta la puerta, donde me había detenido
cuando la luz penetró en la Santísima Virgen.
El monstruo había
llegado ya al tercer escalón. Aquella serpiente era del tamaño de un niño, con la
cabezota ancha y chata, y a la altura del pecho tenía dos patas cortas membranosas, armadas con
garras, sobre las cuales se arrastraba, que parecían alas de
murciélago. Tenía manchas de diferentes colores, de aspecto repugnante; se parecía a
la serpiente del Paraíso terrenal, pero de aspecto más deforme y espantoso.
Cuando el ángel desapareció de la presencia de la Virgen, ésta pisa la cabeza
del monstruo que estaba delante de la puerta, el cual lanzó un grito tan
espantoso que me hizo estremecer. Después he visto aparecer tres espíritus,
que golpearon al odioso reptil echándolo fuera de la casa.
Desaparecido el ángel he visto
a María arrobada en éxtasis profundo, en absoluto recogimiento. Pude ver que ya
conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en sí misma, donde se hallaba como
un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente formado y provisto de todos
sus miembros. Aquí, en
Nazaret, no es lo mismo que en Jerusalén, donde las mujeres
deben quedarse en el atrio,
sin poder entrar en el Templo, porque solamente los sacerdotes tienen acceso al Santuario. En Nazaret la
misma Virgen es el Templo: el
Santo de los Santos está en Ella, como también el Sumo
Sacerdote y se halla Ella sola
con Él. ¡Qué conmovedor es todo esto y qué
natural y sencillo al mismo
tiempo! Quedaban cumplidas las palabras del salmo 45: "El
Altísimo
ha santificado su tabernáculo;
Dios está en medio de Él, y no será conmovido".
Era más o menos la
medianoche cuando contemplé todo este espectáculo. Al cabo de algún tiempo Ana
entró en la habitación de María con las
demás mujeres. Un
movimiento admirable en la naturaleza las había despertado: una
luz maravillosa había
aparecido por encima de la casa. Cuando vieron a María de rodillas, bajo la lámpara,
arrebatada en el éxtasis de su plegaria, se alejaron respetuosamente.
Después de algún
tiempo vi a la Virgen levantarse y acercarse al altarcito de la pared; encendió la lámpara
y oró de pie. Delante de ella, sobre un alto atril, había rollos escritos. Sólo
al amanecer la vi descansando. El
guía me llevó fuera de la habitación; pero cuando
estuve en el pequeño vestíbulo
de la casa me vi presa de gran temor. Aquella horrible serpiente, que estaba
allí en acecho, se precipitó sobre mí y quiso
ocultarse entre los pliegues de
mi vestido. Me encontré en medio de una angustia horrible; pero
mi guía me alejó
de allí y pude ver que reaparecían los tres
espíritus, que golpearon nuevamente
al monstruo. Aún resuena en mí su grito horroroso y me
espanta su recuerdo.
Contemplando esta noche el misterio,
de la Encarnación comprendía todavía muchas otras cosas. Ana recibió un
conocimiento interior de lo que estaba realizándose. Supe también
por qué el Redentor debía quedar nueve meses en el seno de su Madre y nacer bajo la forma
de niño; el porqué no quiso aparecer en forma de hombre perfecto como nuestro
primer padre Adán saliendo de las manos de Dios: todo esto se me
explicó, pero ya no lo puedo explicar con claridad. Lo que puedo decir es que
Él quiso santificar nuevamente el acto de la concepción y la natividad de los
hombres, degradados por el pecado original.
Si María se
convirtió en Madre y si Él no vino más temprano al
mundo fue porque ella era lo
que ninguna criatura fue antes ni será después: el puro vaso de gracia que Dios había
prometido a los hombres y en el cual Él debía hacerse hombre, para pagar las deudas de la
humanidad, mediante los abundantes méritos de su pasión.
La Santísima Virgen era la flor
perfectamente pura de la raza humana abierta en la plenitud de los tiempos. Todos los
hijos de Dios entre los hombres, todos, hasta los que desde el principio
habían trabajado en la obra de la santificación, han contribuido a su venida. Ella era el
único oro puro de la tierra; solamente ella era la porción inmaculada de la
carne y de la sangre de la humanidad entera, que preparada, depurada, recogida y
consagrada a través de todas las generaciones de sus antepasados;
conducida, protegida y fortalecida bajo el régimen de la ley de
Moisés, se realizaba finalmente como plenitud de la gracia. Predestinada en la eternidad,
surgió en el tiempo como Madre del Verbo Eterno.
La Virgen María contaba poco
más de catorce años cuando tuvo lugar la
Encarnación de
Jesucristo. Jesús llegó a la edad de treinta y tres
años y tres veces seis
semanas. Digo tres veces seis, porque en este mismo instante estoy viendo la cifra seis repetida tres
veces.
XXX
Visitación de María a
Isabel
Algunos días después de la
Anunciación del Ángel a María, José
volvióse a Nazaret
e hizo ciertos arreglos en la casa para poder ejercer su oficio y quedarse, pues hasta entonces sólo
había permanecido dos días allí. Nada sabía del misterio de la
Encarnación del Verbo en María. Ella era la Madre de Dios y era la sierva del Señor y
guardaba humildemente el secreto. Cuando la Virgen sintió que el Verbo se
había hecho carne en ella, tuvo un gran deseo de ir a Juta, cerca de Hebrón, para
visitar a su prima Isabel, que según, las palabras del ángel hallábase encinta
desde hacía seis meses.
Acercándose el tiempo
en que José debía ir a Jerusalén, para la fiesta
de Pascua, quiso acompañarle con el fin de asistir a Isabel durante su
embarazo. José, en compañía de la Virgen Santísima, se puso en
camino para Juta. Él camino se dirigía al Mediodía. Llevaban un asno sobre el
cual montaba María de vez en cuando. Este asno tenía atada al cuello una
bolsa perteneciente a José, dentro de la cual había un largo vestido pardo
con una especie de capuz. María se ponía este traje para ir al Templo o a la
sinagoga. Durante el viaje usaba una túnica parda de lana, un vestido gris con una faja
por encima, y cubría su cabeza una cofia amarilla. Viajaban con bastante
rapidez. Después de haber atravesado la llanura de Esdrelón, los vi trepar
una altura y entrar en la ciudad, de Dotan, en casa de un amigo del padre de José.
Este era un hombre bastante acomodado, oriundo de Belén. Él padre de
José lo llamaba hermano a pesar de no serlo: descendía de David por un antepasado
que también fue rey, según creo, llamado Ela, o Eldoa o Eldad, pues no recuerdo bien
su nombre.
Dotan era una ciudad de activo
comercio. Luego los vi pernoctar bajo un cobertizo. Estando aún a doce leguas de la casa
de Zacarías pude verlos otra noche en medio de un bosque, bajo una
cabaña de ramas toda cubierta de hojas verdes con hermosas flores blancas.
Frecuentemente se ven en este país al borde de los caminos esas glorietas hechas
de ramas y de hojas y algunas
construcciones más
sólidas en las cuales los viajeros pueden pernoctar o
refrescarse, y aderezar y
cocer los alimentos que llevan consigo. Una familia de la vecindad se encarga de la vigilancia de
varios de estos lugares y proporciona las cosas necesarias mediante una
pequeña retribución. No fueron directamente de Jerusalén a Juta. Con el fin de
viajar en la mayor soledad dieron una
vuelta por tierras del Este, pasando
al lado de una pequeña ciudad, a dos leguas de Emaús y tomando los caminos
por donde Jesús anduvo durante sus años de predicación.
Más tarde tuvieron que pasar dos montes, entre los cuales los vi descansar una vez comiendo pan,
mezclando con el agua parte del bálsamo
que habían recogido durante el viaje. En esta región el
país es muy
montañoso.
Pasaron junto a algunas rocas,
más anchas en su parte superior que en la base; había en aquellos lugares grandes
cavernas, dentro de las cuales se veían toda clase de piedras curiosas. Los valles eran
muy fértiles. Aquel camino los condujo a través de bosques y de
páramos, de prados y de campos. En un lugar bastante cerca del final del viaje
noté particularmente una planta que tenía pequeñas
y hermosas hojas verdes y
racimos de flores formados por nueve campanillas cerradas de color de rosa. Tenía
allí algo en qué debía ocuparme; pero he olvidado de qué se trataba.
La casa de Zacarías estaba situada sobre una
colina, en torno de
la cual había un grupo
de casas. Un arroyo torrentoso baja de la colina. Me pareció que
era el momento en que
Zacarías volvía a su casa desde Jerusalén, pasadas
las fiestas de Pascua. He
visto a Isabel caminando, bastante alejada de su casa, sobre el camino de Jerusalén, llevada por
un ansia inquieta e indefinible. Allí la encontró Zacarías, que se espantó de
verla tan lejos de la casa en el estado en que se encontraba. Élla dijo que
estaba muy agitada, pues la perseguía el pensamiento de que su prima María de Nazaret
estaba en camino para visitarla.
Zacarías trató de
hacerle comprender que desechase tal idea y por signos y escribiendo en una tablilla, le
decía cuán poco verosímil era que una
recién casada
emprendiera viaje tan largo en aquel momento. Juntos volvieron a su casa. Isabel no podía desechar esa
idea fija, habiendo sabido en sueños que una mujer de su misma sangre se
había convertido en Madre del Verbo Eterno, del Mesías prometido. Pensando en
María concibió un deseo muy grande de verla y la vio, en efecto, en
espíritu que venía hacia ella. Preparó en su casa,
a la derecha de la entrada, una
pequeña habitación con asientos y aguardó allí al día siguiente, a la
expectativa, mirando hacia el camino por si llegaba María. Pronto se levantó y
salió a su encuentro por el camino.
Isabel era una mujer alta, de cierta edad: tenía el rostro
pequeño y rasgos bellos; la
cabeza la llevaba velada. Sólo conocía a María por
las voces y la fama. María,
viéndola a cierta distancia, conoció que era ella Isabel
y se apresuró a ir a su
encuentro, adelantándose a José que se quedó
discretamente a la distancia. Pronto
estuvo María entre las primeras casas de la vecindad, cuyos habitantes, impresionados por su
extraordinaria belleza y conmovidos por cierta dignidad sobrenatural que irradiaba
toda su persona, se retiraron respetuosamente en el momento de su encuentro con Isabel.
Se saludaron amistosamente dándose
la mano. En aquel momento vi un punto luminoso en la Virgen Santísima y como un rayo de luz que
partía de allí hacia Isabel, la cual recibió una impresión maravillosa. No se
detuvieron en presencia de los hombres, sino que, tomándose del brazo, se
dirigieron a la casa por el patio interior.
En el umbral de la puerta,
Isabel dio nuevamente la bienvenida a María y luego entraron en la casa. José llegó al patio
conduciendo al asno, que entregó a un servidor y fue a buscar a Zacarías en una sala abierta sobre
el costado de la casa. Saludó con mucha
humildad al anciano sacerdote, el cual
lo abrazó cordialmente y conversó con él por medio de la tablilla
sobre la que escribía, pues había quedado mudo desde que el ángel se le
había aparecido en el Templo.
María e Isabel, una vez que
hubieron entrado, se hallaron en un cuarto que me pareció servir
de cocina. Allí se
tomaron de los brazos. María saludó a Isabel muy
cordialmente y las dos
juntaron sus mejillas. Vi entonces que algo luminoso irradiaba desde María hasta el interior de Isabel,
quedando ésta toda iluminada y profundamente conmovida, con el corazón agitado
por santo regocijo. Se retiró Isabel un poco hacia atrás, levantando la
mano y, llena de humildad, de júbilo y entusiasmo, exclamó: "Bendita eres entre todas
las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿Pero de dónde
a mí tanto favor que la Madre de mi Señor venga a visitarme?... Porque he aquí que
como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura que llevo se
estremeció de alegría en mi interior. ¡Oh, dichosa tú, que has creído; lo que te
ha dicho el Señor se cumplirá!"
Después de estas
palabras condujo a María a la pequeña habitación
preparada, para que pudiera
sentarse y reposar de las fatigas del viaje. Sólo había
que dar unos pasos para llegar
hasta allí. María dejó el brazo de Isabel,
cruzó las manos sobre
el pecho y empezó el cántico del Magníficat: "Mi alma glorifica al Señor; y mi
espíritu se alegró en Dios mi Salvador. Porque miró a la bajeza de su sierva;
porque he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones.
Porque ha hecho grandes cosas conmigo
el Todopoderoso, y santo es su Nombre. Y su misericordia es de
generación en
generación a los que le temen. Hizo valentías con su
brazo; esparció a los
soberbios en el pensamiento de su corazón. Quitó a los
poderosos de los tronos y
levantó a los humildes. A los hambrientos hinchó de
bienes y a los ricos envió vacíos.
Socorrió a Israel, su siervo, acordándose de su
misericordia. Como
habló a nuestros padres, a Abrahán y a su simiente, para
siempre".
Isabel repetía en voz baja el
Magníficat con el mismo impulso de inspiración de María. Luego se sentaron en
asientos muy bajos, ante una mesita de poca altura. Sobre ésta había un
vaso pequeño.
¡Qué dichosa me
sentía yo, porque repetía con ellas todas las oraciones,
sentada muy cerca de
María! ¡Qué grande era entonces mi felicidad!
XXXI
En casa de Zacarías e
Isabel
José y Zacarías están
juntos conversando acerca del Mesías, de su próxima
venida y de la realización de las profecías.
Zacarías era un anciano de alta estatura y hermoso cuando estaba
vestido de sacerdote. Ahora responde siempre por signos o escribiendo
en su tablilla. Los veo al lado de la casa en una sala abierta al
jardín.
María e Isabel están sentadas sobre una alfombra en el
huerto, bajo un árbol grande, detrás del cual hay una
fuente por donde se escapa el agua cuando se retira la compuerta. En
todo el contorno veo un prado cubierto de césped, de flores y de
árboles con pequeñas ciruelas amarillas. Están
juntas comiendo frutas y panecillos sacados de la alforja de
José. ¡Qué simplicidad y qué conmovedora
frugalidad!
En la casa hay dos criados y dos mozos de servicio: los veo ir y venir
preparando alimentos en una mesa, debajo dé un árbol.
Zacarías y José se acercan y comen también algo.
José quería volverse de inmediato a Nazaret; pero
tendrá que quedarse ocho
días allí. No sabe nada aún del estado de embarazo
de María. Isabel y María habían guardado silencio
sobre esto, manteniendo entre ellas una armonía secreta y
profunda, que las unía íntimamente.
Varias veces al día, especialmente antes de las comidas, cuando
todos se hallaban reunidos, las santas mujeres decían una
especie de Letanías. José oraba con ellas. Pude ver una
cruz que aparecía entre las dos mujeres, a pesar de no existir
aún la cruz: aquello era como si dos cruces se hubiesen visitado.
Ayer, por la
tarde, se juntaron todos para comer, quedándose
hasta la medianoche sentados a la luz de una lámpara, bajo el
árbol del jardín. Vi luego a José y a
Zacarías solos en su oratorio, y a María y a Isabel en su
pequeña habitación, una frente a la otra, de pie,
absortas y estáticas, diciendo juntas el cántico del
Magníficat. Además del vestuario mencionado, la Virgen
usaba algo parecido a un velo negro transparente, que bajaba sobre el
rostro cuando debía hablar con los hombres.
Hoy Zacarías condujo a José a otro jardín retirado
de su casa. Zacarías era un hombre muy ordenado en todas sus
cosas. En este huerto abundan árboles con frutas hermosas de
todas clases: está muy bien cuidado, atravesado por una larga
enramada, bajo la cual hay sombra; en su extremidad hay una glorieta
escondida cuya puerta se abre por un costado. En lo alto de esta casa
se ven aberturas cerradas con bastidores; dentro hay un lecho de reposo
hecho de esteras, de musgos o de otras hierbas. Vi allí dos
estatuas blancas del tamaño de un niño: no sé
cómo se encuentran allí ni qué representan. Yo las
hallaba parecidas a Zacarías y a Isabel, de cuando serían
más jóvenes.
Hoy por la tarde vi a María y a Isabel ocupadas en la casa. La
Virgen tomaba parte en los quehaceres domésticos y preparaba
toda clase de prendas para el esperado niño. Las he visto
trabajando juntas: tejían una colcha grande destinada al lecho
de Isabel, para cuando hubiera dado a luz. Las mujeres judías
usaban colchas de esta clase, las cuales tenían en el centro una
especie de bolsillo
dispuesto de tal manera que la madre podía envolverse
completamente en él con su niño. Encerrada allí
dentro y sostenida mediante almohadas podía sentarse o tenderse
según su voluntad. En el borde de la colcha había flores
bordadas y algunas sentencias.
Isabel y María preparaban también toda clase de objetos
para regalarlos a los pobres cuando naciera la criatura. Vi a santa Ana
durante la ausencia de María y de José, enviar a menudo
su criada a la casa de Nazaret para ver si todo seguía en orden
allí. Una vez la vi ir allá sola.
Zacarías fue con José a pasear al campo. La casa se
hallaba sobre una colina y es la mejor de toda esa región; otras
casitas veo dispersas alrededor. María se encuentra sola, un
tanto fatigada, en la casa con Isabel. He visto a Zacarías y a
José pasar la noche en el jardín situado a alguna
distancia de la casa. Unas veces los vi durmiendo en la glorieta,
otras, orando a la intemperie. Volvieron al amanecer.
He visto a Isabel y a María dentro de la casa. Todas las
mañanas y las noches repiten el Magníficat, inspirado a
María por el Espíritu Santo, después de la
salutación de Isabel. La salutación del ángel fue
como una consagración que hacía el templo de María
Santísima a Dios. Cuando pronunció aquellas palabras: "He
aquí la sierva del Señor, hágase en mí
según tu palabra", el Verbo Divino, saludado por la Iglesia y
saludado por su sierva, entró en ella. Desde entonces, Dios
estuvo en su templo y María fue el templo y el Arca de la
Alianza del Nuevo Testamento. La salutación de Isabel y el
alborozo de Juan en el seno de su madre, fueron el primer culto rendido
ante aquel Santuario. Cuando la Virgen entonó el
Magníficat, la Iglesia de la Nueva Alianza, del nuevo
matrimonio, celebró por primera vez el cumplimiento de las
promesas divinas de la Antigua Alianza, del antiguo matrimonio,
recitando, en acción de gracias, un Te Deum laudamus.
¡Quién pudiera expresar dignamente la emoción de
este homenaje rendido por la Iglesia a su Salvador, aún antes de
su nacimiento!
Esta noche, mientras veía orar a las santas mujeres, tuve varias
intuiciones y explicaciones relativas al Magníficat y al
acercamiento del Santo Sacramento en la actual situación de la
Santísima Virgen. Mi estado de sufrimiento y mis numerosas
molestias me han hecho olvidar casi todo lo que he podido ver. En el
momento del pasaje del cántico:"Hizo valentías con su
brazo", vi diferentes cuadros figurativos del Santísimo
Sacramento del Altar en el Antiguo Testamento. Había
allí, entre otros, un cuadro de Abrahán sacrificando a
Isaac, y de Isaías anunciando a un rey perverso algo de que
éste se burlaba, y que he olvidado. Vi muchas cosas desde
Abrahán hasta Isaías, y desde éste hasta
María Santísima. Siempre veía el Santísimo
Sacramento acercándose a la Iglesia de Jesucristo, quien
reposaba todavía en el seno de su Madre.
Hace mucho calor allí donde está María en la
tierra prometida. Todos se van al jardín donde está la
casita. Primero Zacarías y José, luego Isabel y
María. Han tendido un toldo bajo un árbol como para hacer
una tienda de campaña. Hacia un lado veo asientos muy bajos con
respaldos.
Anoche vi a Isabel y a María que iban al jardín un tanto
alejado de la casa de Zacarías. Llevaban frutas y panecillos
dentro de unas cestas y parecía que querían pasar la
noche en ese lugar. Cuando José y Zacarías volvieron
más tarde, vi a María que les salía al encuentro.
Zacarías tenía su tablilla, pero la luz era insuficiente
para que pudiera escribir y vi que María impulsada por el
Espíritu Santo le anunció que esa misma noche
habría de hablar y que podía dejar su tablilla, ya que
pronto podría conversar con José y rezar junto a
él.
Tanto me
sorprendió esto, que yo, sacudiendo la cabeza, no quise
admitirlo; pero mi Ángel de la Guarda, o mi guía
espiritual, que siempre me acompaña, díjome,
haciéndome una señal para que mirase a otra parte:
"¿No quieres creer esto? Pues mira lo que sucede allí".
Mirando hacia el lado que me indicaba vi un cuadro totalmente distinto,
de época muy posterior. Vi al santo ermitaño Goar en un
lugar donde el trigo había sido cortado. Hablaba con los
mensajeros de un obispo mal dispuesto con él y aún
aquellos hombres no le tenían afecto. Cuando los hubo
acompañado hasta su casa lo vi buscando un gancho cualquiera
para poder colgar su capa. Como viera un rayo de sol que entraba por la
abertura del muro, en la simplicidad de su fe colgó su capa de
aquel rayo y ella quedó suspendida allí en el aire. Me
admiró tanto este prodigio que ya no me asombré de
oír hablar a Zacarías, puesto que aquella gracia le
llegaba por intermedio de María Santísima, dentro de la
cual habitaba el mismo Dios. Mi guía me habló entonces de
aquello a que se da el nombre de milagro. Entre otras cosas recuerdo
que me dijo:
"Una
confianza total en Dios, con la simplicidad de un niño, da a
todas las cosas el ser y la substancia".
Estas palabras me aclararon acerca de todos los milagros, aunque no
puedo explicarme esto con claridad.
Vi a los cuatro santos personajes pasar la noche en el jardín:
se sentaron y comieron algunas cosas. Luego los vi caminar de dos en
dos, orar juntos y entrar alternativamente en la glorieta para
descansar en ella. Supe también que después del
sábado, José se volvería a Nazaret y que
Zacarías lo acompañaría un trecho de camino.
Había un hermoso claro de luna y el cielo estaba muy
puro.
XXXII
Misterios del
"Magníficat”
Durante la oración de las dos santas
mujeres vi una parte del misterio relacionado con el Magníficat.
Debo volver a ver todo esto el sábado, víspera de la
octava de la fiesta y entonces podré decir algo más.
Ahora sólo puedo comunicar lo siguiente: el Magníficat es
el cántico de acción de gracias por el cumplimiento de la
bendición misteriosa de la Antigua Alianza. Durante la
oración de María vi sucesivamente a todos sus
antepasados. Había en el transcurso de los siglos, tres veces
catorce parejas de esposos que se sucedían, en los cuales el
padre era siempre el vástago del matrimonio anterior. De cada
una de estas parejas vi salir un rayo de luz dirigido hacia
María mientras se hallaba en oración. Todo el cuadro
creció ante mis ojos como un árbol con ramas luminosas,
las cuales iban embelleciéndose cada vez más, y por fin,
en un sitio determinado de este árbol de luz, vi la carne y la
sangre purísimas e inmaculadas de María, con las cuales
Dios debía formar su Humanidad, mostrándose en medio de
un resplandor cada vez más vivo.
Oré entonces, llena de júbilo y de esperanza, como un
niño que viera crecer delante de sí el árbol de
Navidad. Todo esto era una imagen de la proximidad de Jesucristo en la
carne y de su Santísimo Sacramento. Era como si hubiese visto
madurar el trigo para formar el pan de vida del que me hallara
hambrienta. Todo esto es inefable. No puedo decir cómo se
formó la carne en la cual se encarnó el mismo Verbo.
¿Cómo es posible esto a una criatura humana que
todavía se encuentra dentro de esa carne, de la cual el Hijo de
Dios y de María ha dicho que no sirve para nada y que
sólo el espíritu vivifica?... También dijo
Él que aquéllos que se nutren de su Carne y de su Sangre
gozarán de la Vida Eterna y serán resucitados por
Él en el último día. Únicamente su Carne y
su Sangre son el alimento verdadero y tan sólo aquéllos
que toman este Alimento viven en Él, y Él en ellos.
No puedo expresar cómo vi, desde el comienzo, el acercamiento
sucesivo de la Encarnación de Dios y con ella la proximidad del
Santo Sacramento del Altar, manifestándose de generación
en generación; luego una nueva serie de patriarcas
representantes del Dios Vivo que reside entre los hombres en calidad de
víctima y de alimento hasta su segundo advenimiento en el
último día, en la institución del sacerdocio que
el Hombre-Dios, el nuevo Adán, encargado de expiar el pecado del
primero, ha trasmitido a sus Apóstoles y éstos a los
nuevos sacerdotes, mediante la imposición de las manos, para
formar así una sucesión semejante de sacerdotes no
interrumpida de generación en generación.
Todo esto me enseñó que la recitación de la
genealogía de Nuestro Señor ante el Santísimo
Sacramento en la fiesta del Corpus Christi, encierra un misterio muy
grande y muy profundo. También aprendí por él que
así como entre los antepasados carnales de Jesucristo hubo
algunos que no fueron santos y otros que fueron pecadores, sin dejar de
constituir por eso gradas de la escala de Jacob, mediante las cuales
Dios bajó hasta la Humanidad, también los obispos
indignos quedan capacitados para consagrar el Santísimo
Sacramento y para otorgar el sacerdocio a otros, con todos los poderes
que le son inherentes.
Cuando se ven estas cosas se comprende por qué los viejos libros
alemanes llaman al Antiguo Testamento la Antigua Alianza o antiguo
matrimonio, y al Nuevo Testamento la Nueva Alianza o nuevo matrimonio.
La flor suprema del antiguo matrimonio fue la Virgen de las
vírgenes, la prometida del Espíritu Santo, la muy casta
Madre del Salvador; el vaso espiritual, el vaso honorable, el vaso
insigne de devoción donde el Verbo se hizo carne. Con este
misterio comienza el nuevo matrimonio, la Nueva Alianza. Esta Alianza
es virginal en el sacerdocio y en todos aquéllos que siguen al
Cordero, y en ella el Matrimonio es un gran sacramento: la unión
de Jesucristo con su prometida la Iglesia.
Para poder expresar, en cuanto me sea posible,
cómo me fue
explicada la proximidad de la Encarnación del Verbo y al mismo
tiempo el acercamiento del Santísimo Sacramento del Altar,
sólo puedo repetir, una vez más, que todo esto
apareció ante mis ojos en una serie de cuadros
simbólicos, sin que, a causa del estado en que me encuentro, me
sea posible dar cuenta de los detalles en forma inteligible.
Sólo puedo hablar en forma general. He
visto primero la bendición de la promesa que Dios diera a
nuestros primeros padres en el Paraíso y un rayo que iba de esta
bendición a la Santísima Virgen, que se hallaba recitando
el Magníficat con Isabel. Vi a Abrahán, que había
recibido de Dios aquella bendición, y un rayo que partiendo de
él llegaba a la Santísima Virgen. Vi a los otros
patriarcas que habían llevado y poseído aquella cosa
santa y siempre aquel rayo yendo de cada uno de ellos hasta
María. Vi después la transmisión de aquella
bendición hasta Joaquín, el cual, gratificado con la
más alta bendición venida del Santo de los Santos del
Templo, pudo convertirse por ello en el padre de la Santísima
Virgen concebida sin pecado. Y por último es en Ella donde, por
la intervención del Espíritu Santo, el Verbo, se hizo
carne. En ella, como en el Arca de la Alianza del Nuevo Testamento, el
Verbo habitó nueve meses entre nosotros, oculto a todas las
miradas, hasta que habiendo nacido de María en la plenitud de
los tiempos, pudimos ver su gloria, como gloria del Hijo único
del Padre, lleno de gracia y de verdad.
Esta noche vi a la Santísima Virgen dormir en su pequeña
habitación, teniendo su cuerpo de costado, la cabeza reclinada
sobre el brazo. Se hallaba envuelta en un trozo de tela blanca, de la
cabeza a los pies. Bajo su corazón vi brillar una gloria
luminosa en forma de pera rodeada de una pequeña llama de fulgor
indescriptible. En Isabel brillaba también una gloria, menos
brillante, aunque más grande, de forma circular; la luz que
despedía era menos viva.
Ayer, viernes, por la noche, empezando ya el nuevo día, pude ver
en una habitación de la casa de Zacarías, que aún
no conocía, una lámpara encendida para festejar el
Sábado. Zacarías, José y otros seis hombres,
probablemente vecinos de la localidad, oraban de pie bajo la
lámpara, en torno de un cofre sobre el cual se hallaban rollos
escritos. Llevaban paños sobre la cabeza; pero al orar no
hacían las contorsiones que hacen los judíos actuales. A
menudo bajaban la cabeza y alzaban los brazos al aire. María,
Isabel y otras dos mujeres se hallaban apartadas, detrás de un
tabique de rejas, en un sitio desde donde podían ver el
oratorio: llevaban mantos de oración y estaban veladas desde la
cabeza a los pies.
Luego de la cena del sábado vi a la Virgen Santísima en
su pequeña habitación recitando con Isabel el
Magníficat. Estaban de pie contra el muro, una frente a la otra,
con las manos juntas sobre el pecho y los velos negros sobre el rostro,
orando, una después de la otra, como las religiosas en el coro.
Yo recité el Magníficat con ellas, y durante la segunda
parte del cántico pude ver, unos lejos y otros cerca, a algunos
de los antepasados de María, de los cuales partían como
líneas luminosas que se dirigían hacia ella.
Vi aquellos rayos de luz saliendo de la boca de sus antepasados
masculinos y del corazón del otro sexo, para concluir en la
gloria que estaba en María. Creo que Abrahán, al recibir
la bendición que preparaba el advenimiento de la Virgen,
habitaba cerca del lugar donde María recitó el
Magníficat, pues el rayo que partía de él, llegaba
hasta María desde un punto muy cercano, mientras que los que
partían de personajes mucho más cercanos en el tiempo,
parecían venir de muy lejos, de puntos más distantes.
Cuando terminaron el Magníficat, que recitaban todos los
días por la mañana y por la noche, desde la
Visitación, se retiró Isabel, y vi a la Virgen entregarse
al reposo. Habiendo terminado la fiesta del sábado los vi comer
de nuevo el domingo por la noche. Tomaron su alimento todos juntos en
el jardín cercano a la casa. Comieron hojas verdes que remojaban
en salsa. Sobre la mesa había fuentes con frutas pequeñas
y otros recipientes que contenían, creo, miel, que tomaban con
unas espátulas de asta.
XXXIII
Regreso de José a
Nazaret
Más tarde, con claro de luna,
estando la noche estrellada y limpia, se puso en viaje José
acompañado de Zacarías. Llevaba un pequeño paquete
con panes, un cántaro y un bastón de empuñadura
curva. Los dos tenían abrigos de viaje con capuz. Las mujeres
los acompañaron corto trecho, volviendo solas en medio de una
noche hermosísima. Ambas entraron directamente en la
habitación de María, donde había una
lámpara encendida, como era habitual cuando ella oraba y se
preparaba para el descanso. Las dos se quedaron de pie, una en frente a
la otra, y recitaron el Magníficat.
Esta noche he visto a María e Isabel. Lo único que
recuerdo es que pasaron toda la noche en oración, aunque no
sé la causa de ello. Durante el día he visto a
María ocupada en diversos trabajos, como ser trenzado de
colchas. Vi a Zacarías y a José, que se hallaban
aún en camino: pasaron la noche en un cobertizo. Habían
dado grandes rodeos y visitado, me parece, a diversas familias. Creo
que les faltaban tres días para el término del viaje. No
recuerdo otros detalles.
Ayer vi a José en su casa de Nazaret. Creo que ha ido a ella
directamente, sin detenerse en Jerusalén. La criada de Ana se
encarga del cuidado doméstico, yendo de una casa a otra. Fuera
de ella no hay nadie más en la casa de José, que
está completamente solo. También vi a Zacarías de
vuelta en su casa.
Vi a María e Isabel recitando el
Magníficat y
ocupándose de diversos trabajos. Al caer la tarde pasearon por
el huerto, donde había una fuente, cosa no común en el
país. Por la noche, pasadas las horas de calor, iban a pasear
por los alrededores, pues la casa de Zacarías se halla aislada y
rodeada de campiñas. Habitualmente se acostaban más o
menos a las nueve, levantándose siempre
antes de la salida del sol.
He visto un cuadró indescriptible de la Iglesia. Se me
apareció la Iglesia en forma de una fruta octogonal muy delicada
que nacía de un tallo cuyas raíces tocaban en una fuente
ondulante de la tierra. El tallo no era más alto de lo necesario
como para poder ver entre la iglesia y la tierra. Delante de la iglesia
había una puerta, sobre la fuente misma, la cual ondeaba
arrojando de sí algo blanco como arena hacia ambos lados, y en
derredor todo reverdecía y fructificaba. En la parte delantera
de la Iglesia no se veía raíz alguna de las que iban a la
tierra. Dentro de la iglesia y en medio de ella había, a
semejanza de la cápsula de la semilla de la manzana, un
recipiente formado de filamentos blancos, muy tiernos, en cuyos
intersticios veíanse como las semillas de una
manzana.
En el piso interno de la iglesia había una abertura por la cual
se podía mirar la fuente ondeante de abajo. Mientras miraba esto
vi que caían algunos granos resecos y marchitos en la fuente.
Esa especie de flor se iba transformando cada vez más en una
iglesia y la cápsula del medio se iba convirtiendo en un
artístico armazón parecido a un hermoso ramo.
Dentro de este artificio he visto a la Santísima Virgen y a
Santa Isabel, que parecían a su vez como dos santuarios o Sancta
Sanctorum. Vi que ambas se saludaban volviéndose una hacia la
otra. En ese momento aparecían dos rostros de ellas:
Jesús y Juan. A Juan lo he visto encorvado dentro del seno
materno. A Jesús lo vi como lo suelo ver en el Santísimo
Sacramento: a semejanza de un pequeño Niño luminoso que
iba hacia donde estaba Juan. Estaba de pie, como flotando y
llegándose a Juan le quitaba como una neblina. El pequeño
Juan estaba ahora con el rostro echado sobre el suelo. La neblina
caía al pozo por la mencionada abertura y era absorbida y
desaparecía en la fuente que estaba debajo. Luego Jesús
levantó al pequeño Juan en el aire, y lo abrazó.
Después de esto he visto volver a ambos al seno materno,
mientras María e Isabel cantaban el Magníficat.
Bajo este cántico he visto a ambos lados de la Iglesia a
José y a Zacarías adelantarse, y detrás de ellos
otros muchos hasta llenarse la iglesia, que concluyó en una gran
festividad realizada adentro. En derredor de la iglesia crecía
una viña con tanta pujanza que fue necesario podarla por varias
partes. La iglesia asentóse, por fin, en el suelo;
apareció un altar en ella y en la abertura que daba al pozo se
formó un baptisterio. Muchísima gente entraba por la
puerta a la iglesia. Todas estas transformaciones se produjeron
lentamente, como brotando y creciendo. Me es difícil explicar
todo esto tal como lo he visto. Más tarde, en la fiesta de San
Juan, tuve otra visión. La iglesia octogonal era ahora
transparente como cristal o, mejor dicho, como si fueran rayos de agua
cristalina. En medio de ella había una fuente de agua, bajo una
torrecita, donde vi a Juan bautizando. De pronto se cambió el
cuadro y de la fuente del medio brotó un tallo como una flor. En
derredor había ocho columnas con una corona piramidal sobre la
cual estaban los antepasados de Ana, de Isabel y de Joaquín, con
María y José y los antepasados de Zacarías y de
José algo apartados de la rama principal. Juan estaba arriba en
una rama del medio. Pareció que salía una voz de
él, y he visto entonces a muchos pueblos, a reyes y
príncipes entrar en la iglesia y a un obispo que
distribuía el Santísimo Sacramento. Oí a Juan que
hablaba de la gran dicha de la gente que había entrado en la
iglesia.
XXXIV
Nacimiento de Juan.
María regresa a Nazaret
Vi a la Virgen Santísima
después de su vuelta de Juta a Nazaret, pasando algunos
días en casa de los padres del discípulo Parmenas, el
cual en aquella época no había nacido aún. Creo
haber visto esto en el mismo momento del año en que
sucedió. Tengo la sensación de que fue así.
Según esto, el nacimiento de Juan habría tenido lugar a
fines de Mayo o principios de Junio. María se quedó tres
meses en casa de Santa Isabel, hasta el nacimiento de Juan. En el
tiempo de la circuncisión del niño ya no se hallaba
allí.
Cuando María
partió para Nazaret, José
acudió a su encuentro a la mitad del camino. Cuando José
volvió a Nazaret con la Santísima Virgen, notó que
se hallaba encinta, y le asaltaron toda clase de dudas y de
inquietudes, pues ignoraba la aparición del ángel y su
revelación a María.
Después de su desposorio, José había ido a
Belén por asuntos de familia, y María, entre tanto, a
Nazaret con sus padres o algunas compañeras. La
salutación angélica había tenido lugar antes del
retorno de José, y María, en su tímida humildad,
había guardado silencio sobre el secreto de Dios. José,
turbado e inquieto, no demostraba nada exteriormente; pero luchaba en
silencio contra sus dudas. La Virgen, que había previsto esto,
permanecía grave y pensativa, lo cual aumentaba las angustias de
José.
Cuando llegaron a Nazaret la Virgen no se dirigió enseguida a su
casa con San José, sino que se quedó dos días en
casa de una familia emparentada con la suya, donde habitaban los padres
del discípulo Parmenas, no nacido aún, que fue más
tarde uno de los siete diáconos en la primera comunidad de los
cristianos de Jerusalén. Aquellas gentes se hallaban vinculadas
a la Sagrada Familia, siendo la madre, hermana del tercer esposo de
María de Cleofás, el cual fue padre de Simeón,
obispo de Jerusalén. Tenían una casa y jardín en
Nazaret. También tenían parentesco con María
Santísima por Isabel. Vi a la Virgen permanecer algún
tiempo en esa casa, antes de volver a la de José.
Entre tanto la inquietud de José aumentó de tal manera,
que cuando María volvió a su lado, José se
había formado el propósito de dejarla, huyendo
secretamente de la casa y de su lado. Mientras iba pensando estas cosas
se le apareció un ángel, que le dijo palabras que
tranquilizaron su ánimo.
XXXV
Preparativos para el
nacimiento de Jesús
Desde hace varios días veo a
María en casa de Ana, su madre, cuya casa se halla
más o menos a una legua de Nazaret, en el valle de
Zabulón. La criada de Ana permanece en Nazaret cuando
María está ausente y sirve a José. Veo que
mientras vivió Ana casi no tenían hogar independiente del
todo, pues recibían siempre de ella todo lo que necesitaban para
su manutención.
Veo desde hace
quince días a María ocupada en
preparativos para el nacimiento de Jesús: cose colchas, tiras y
pañales. Su padre Joaquín ya no vive. En la casa hay una
niña de unos siete años de edad que está a menudo
junto a la Virgen y recibe lecciones de María. Creo que es la
hija de María de Cleofás y que también se llama
María. José no está en Nazaret, pero debe llegar
muy pronto. Vuelve de Jerusalén donde ha llevado los animales
para el sacrificio. Vi a la Virgen Santísima en la casa,
trabajando, sentada en una habitación con otras mujeres.
Preparaban prendas y colchas para el nacimiento del Niño.
Ana poseía considerables bienes en rebaños y campos y
proporcionaba con abundancia todo lo que necesitaba María, en
avanzado estado de embarazo. Como creía que María
daría a luz en su casa y que todos sus parientes vendrían
a verla, hacía allí toda clase de preparativos para el
nacimiento del Niño de la Promesa, disponiendo, entre otras
cosas, hermosas colchas y preciosas alfombras.
Cuando nació Juan pude ver una de estas colchas en casa de
Isabel. Tenía figuras simbólicas y sentencias hechas con
trabajos de aguja. Hasta he visto algunos hilos de oro y plata
entremezclados en el trabajo de aguja. Todas estas prendas no eran
únicamente para uso de la futura madre: había muchas
destinadas a los pobres, en los que siempre se pensaba en tales
ocasiones solemnes.
Vi a la Virgen y a otras mujeres sentadas en el suelo alrededor de un
cofre, trabajando en una colcha de gran tamaño colocada sobre el
cofre. Se servían de unos palillos con hilos arrollados de
diversos colores. Ana estaba muy ocupada, e iba de un lado a otro
tomando lana, repartiéndola y dando trabajo a cada una de ellas.
José debe volver hoy a Nazaret. Se hallaba en Jerusalén
donde había ido a llevar animales para el sacrificio,
dejándolos en una pequeña posada dirigida por una pareja
sin hijos situada a un cuarto de legua de la ciudad, del lado de
Belén. Eran personas piadosas, en cuya casa se podía
habitar confiadamente. Desde allí se fue José a
Belén; pero no visitó a sus parientes, queriendo tan
sólo tomar informes relativos a un empadronamiento o una
percepción de impuestos que exigía la presencia de cada
ciudadano en su pueblo natal.
Con todo, no se hizo inscribir aún, pues tenía la
intención, una vez realizada la purificación de
María, de ir con ella de Nazaret al Templo de Jerusalén,
y desde allí a Belén, donde pensaba establecerse. No
sé bien qué ventajas encontraba en esto, pero no
gustándole la estadía en Nazaret, aprovechó esta
oportunidad para ir a Belén. Tomó informes sobre piedras
y maderas de construcción, pues tenía la idea de edificar
una casa. Volvió luego a la posada vecina a Jerusalén,
condujo las víctimas al Templo y retornó a su hogar.
Atravesando hoy la llanura de Kimki, a seis leguas de Nazaret, se le
apareció un ángel, indicándole que partiera con
María para Belén, pues era allí donde debía
nacer el Niño. Le dijo que debía llevar pocas cosas y
ninguna colcha bordada. Además del asno sobre el cual
debía ir María montada, era necesario que llevase consigo
una pollina de un año, que aún no hubiese tenido
cría. Debía dejarla correr en libertad, siguiendo siempre
el camino que el animal tomara.
Esta noche Ana se fue a Nazaret con la Virgen María, pues
sabían que José debía llegar. No parecía,
sin embargo, que tuvieran conocimiento del viaje que debía hacer
María con José a Belén. Creían que
María daría a luz en su casa de Nazaret, pues vi que
fueron llevados allí muchos objetos preparados, envueltos en
grandes esteras.
Por la noche llegó José a Nazaret. Hoy he visto a la
Virgen con su madre Ana en la casa de Nazaret, donde José les
hizo conocer lo que el ángel le había ordenado la noche
anterior. Ellas volvieron a la casa de Ana, donde las vi hacer
preparativos para un viaje próximo. Ana estaba muy triste. La
Virgen sabía de antemano que el Niño debía nacer
en Belén; pero por humildad no había hablado. Estaba
enterada de todo por las profecías sobre el nacimiento del
Mesías que Ella conservaba consigo en Nazaret.
Estos escritos le habían sido entregados y explicados por sus
maestras en el Templo. Leía a menudo estas profecías y
rogaba por su realización, invocando siempre, con ardiente
deseo, la venida de ese Mesías. Llamaba bienaventurada a
aquélla que debía dar a luz y deseaba ser tan sólo
la última de sus servidoras. En su humildad no pensaba que ese
honor debía tocarle a ella. Sabiendo por los textos que el
Mesías debía nacer en Belén, aceptó con
júbilo la voluntad de Dios, preparándose para un viaje
que habría de ser muy penoso para ella, en su actual estado y en
aquella estación, pues el frío suele ser muy intenso en
los valles entre cadenas montañosas.
XXXVI
Partida de María y de
José hacia Belén
Esta noche vi a José y a
María, acompañados de Ana, María de Cleofás
y algunos servidores, salir de la casa de Ana para su viaje.
María iba sentada sobre la albarda del asno, cargado
además con el equipaje, José lo conducía.
Había otro asno sobre el cual debía regresar Ana. Esta
mañana he visto a los santos viajeros a unas seis leguas de
Nazaret, llegando a la llanura de Kimki, que era el lugar donde el
ángel se le había aparecido a José dos días
antes. Ana poseía un campo en aquel lugar y los servidores
debían tomar allí la burra de un año que
José quería llevar, la cual corría y saltaba
delante o al lado de los viajeros.
Ana y María de Cleofás se despidieron y regresaron con
sus servidores. Vi a la Sagrada Familia caminando por un sendero que
subía a la cima de Gelboé. No pasaban por los poblados, y
seguían a la pollina, que tomaba caminos de atajo. Pude verlos
en una propiedad de Lázaro, a poca distancia de la ciudad de
Ginim, por el lado de Samaria. El cuidador los recibió
amistosamente, pues los había conocido en un viaje anterior. Su
familia estaba relacionada con la de Lázaro.
Veo allí muchos hermosos jardines y avenidas. La casa
está sobre una altura; desde la terraza se alcanza a contemplar
una gran extensión de la comarca. Lázaro heredó de
su padre esta propiedad. He visto que Nuestro Señor se detuvo
con frecuencia durante su vida pública en este lugar y
enseñó en los alrededores. El cuidador y su mujer
trataron muy amistosamente a María. Se admiraron que hubiese
emprendido semejante viaje en el estado en que se encontraba, dado que
hubiera podido quedarse tranquilamente en casa de Ana.
He visto a la Sagrada Familia a varias
leguas del sitio anterior,
caminando en medio de la noche hacia una montaña a lo largo de
un valle muy frío, donde había caído escarcha. La
Virgen María, que sufría mucho el frío, dijo a
José: "Es necesario detenernos aquí, pues no puedo
seguir". No bien dijo estas palabras se detuvo la borriquilla debajo de
un gran árbol de terebinto, junto al cual había una
fuente. Se detuvieron y José preparó con las colchas un
asiento para la Virgen, a la cual ayudó a desmontar del asno.
María sentóse debajo del árbol y José
colgó del árbol su linterna. A menudo he visto hacer lo
mismo a las personas que viajan por estos lugares. La Virgen
pidió a Dios ayuda contra el frío. Sintió entonces
un alivio tan grande y una corriente de calor tal, que tendió
sus manos a José para que él pudiera calentar un tanto
sus manos ateridas. Comieron algunos panecillos y frutas, y bebieron
agua de la fuente vecina, mezclándola con gotas del
bálsamo que José llevaba en su cántaro.
José consoló y alegró a María. Era muy
bueno y sufría mucho en ese viaje tan penoso para Ella.
Habló del buen alojamiento que pensaba conseguir en
Belén. Conocía una casa cuyos dueños eran gente
buena y pensaba hospedarse allí con ciertas comodidades.
Mientras iban de camino, hacía el elogio de Belén,
recordando a María todas las cosas que podían consolarla
y alegrarla. Esto me causaba lástima, pues yo sabía todo
lo que sufriría: todo iba a acontecer de diferente manera.
A esta altura habían pasado ya dos pequeños arroyos, uno
a través de un alto puente, mientras los dos asnos lo cruzaban a
nado. La borriquilla que iba en libertad, tenía curiosas
actitudes. Cuando el camino era recto y bien trazado, sin peligros para
perderse, como entre dos montañas, corría delante o
detrás de los viajeros. Cuando el camino se dividía,
aguardaba y tomaba el sendero recto. Cuando debían detenerse, se
paraba como lo hizo bajo el terebinto.
No sé si pasaron la noche bajo este árbol o buscaron otro
hospedaje. Este viejo terebinto era un árbol sagrado, que
había formado parte del bosque de Moré, cerca de Siquem.
Abrahán, viniendo de Canaán, había visto aparecer
allí al Señor, el cual le había prometido aquella
tierra para su posteridad, y el Patriarca alzó un altar debajo
del terebinto. Jacob, antes de ir a Betel para ofrecer sacrificio al
Señor, había enterrado bajo el árbol los
ídolos de Labán y las joyas de su familia. Josué
había levantado allí el tabernáculo donde se
hallaba el Arca de la Alianza, y, reunida la población, le
había exigido renunciar a los ídolos. En este mismo sitio
Abimelec, hijo de Gedeón, fue proclamado rey por los siquemitas.
Hoy vi a la Sagrada Familia llegar a una granja, a dos leguas al Sur
del terebinto. La dueña de la finca estaba ausente y el hombre
no quiso recibir a José, diciéndole que bien podía
ir más lejos. Un poco más adelante vieron que la
borriquilla entraba en una cabaña de pastores, y entraron ellos
también. Los pastores que se hallaban allí, vaciando la
cabaña, los recibieron con benevolencia: les dieron paja y haces
de junco y ramas para que encendieran fuego.
Los pastores fueron después a la
finca donde había sido
rechazada la Sagrada Familia, e hicieron el elogio de José y de
la belleza y santidad de María, ante la señora de la
casa, la cual reprochó a su marido por haber rechazado a
personas tan buenas. Luego vi a esta mujer ir adonde estaba
María; pero no se atrevió a entrar por timidez y
volvió a su casa a buscar alimentos.
La cabaña estaba en el flanco Oeste de una montaña,
más o menos entre Samaria y Tebez. Al Este, más
allá del Jordán, está Sucot. Ainón se
encuentra un poco más al Mediodía, al otro lado del
río. Salim está más cerca. Desde allí
habría unas doce leguas hasta Nazaret.
La mujer volvió en compañía de dos niños a
visitar a la Sagrada Familia, trayendo provisiones. Disculpóse
afablemente y se mostró muy conmovida por la difícil
situación de los caminantes. Después que éstos
hubieron comido y descansado, presentóse el marido de aquella
mujer y pidió perdón a San José por haberlo
rechazado. Le aconsejó que subiera una legua más por la
cima de la montaña, que allí encontraría un buen
refugio antes de comenzar las fiestas del sábado, donde
podría pasar el día del reposo festivo.
Se pusieron en camino y después de haber andado una legua
llegaron a una posada de varios edificios, rodeados de árboles y
jardines. Vi algunos arbustos que dan el bálsamo, plantados a
espaldera. La posada estaba en la parte Norte de la montaña. La
Virgen Santísima había desmontado y José llevaba
el asno. Se acercaron a la casa y José pidió alojamiento;
pero el dueño se disculpó, diciendo que estaba lleno de
viajeros. Llegó en esto su mujer, y al pedirle la Virgen
alojamiento con la más conmovedora humildad, aquélla
sintió una profunda emoción. El dueño no pudo
resistir y les arregló un refugio cómodo en el granero
cercano y llevó el asno a la cuadra. La borriquilla
corría libre por los alrededores. Siempre estaba lejos de ellos
cuando no tenía que señalar
camino.
XXXVII
La festividad del Sábado
José preparó su lámpara
y se puso a orar en compañía de la Virgen
Santísima, guardando la observancia del sábado con piedad
conmovedora. Comieron alguna cosa y descansaron sobre esteras
extendidas en el suelo. Vi a la Sagrada Familia permanecer allí
todo el día. María y José oraban juntos. He visto
a la mujer del dueño de la posada pasar el día al lado de
María con sus tres hijos. Allegóse también aquella
mujer que los había hospedado la víspera, con dos de sus
hijos. Se sentaron al lado de María amigablemente, quedando muy
impresionados por la modestia y la sabiduría de la Virgen, que
conversó también con los niños, dándoles
algunas útiles instrucciones. Los niños tenían
pequeños rollos de pergamino. María les hizo leer y les
habló de modo tan amable que las criaturas no apartaban la vista
ni un instante de Ella.
Era algo muy conmovedor ver esta atención de los niños y
escuchar las enseñanzas de María.
Al caer la tarde vi
a José paseando con el dueño de la
posada por los alrededores, mirando los campos y los jardines y
tratándose familiarmente. Así veo a las personas piadosas
del país en el día festivo del sábado. Los santos
viajeros quedaron en ese lugar la noche siguiente. Los buenos esposos
de la posada se encariñaron sumamente con María y le
pidieron que se quedara con ellos hasta el nacimiento del Niño.
Le mostraron una habitación muy cómoda, y la mujer se
ofreció a servirles de todo corazón y con amable
insistencia; pero los viajeros reanudaron su viaje por la mañana
muy temprano y descendieron por el Suroeste de la montaña, hacia
un hermoso valle. Se alejaron aún más de Samaria.
Mientras iban descendiendo se podía ver el templo del monte
Garizim, pues se lo ve desde muy lejos. Sobre el techo hay figuras de
leones o de otros animales semejantes, que brillan a los rayos del sol.
Hoy los he visto hacer unas seis leguas de camino. Al atardecer se
encontraban en una llanura a una legua al Sureste de Siquem. Entraron
en una casa de pastores bastante grande donde fueron recibidos bien. El
dueño de casa estaba encargado de cuidar los campos y jardines,
propiedad de una vecina ciudad. La casa no estaba en la llanura sino
sobre una pendiente. Todo era fértil en esta comarca y en
mejores condiciones que el país recorrido anteriormente; pues
aquí se estaba de cara al sol, lo que en la Tierra Prometida es
causa de una diferencia notable en esta época del año.
Desde este lugar hasta Belén se encuentran muchas de estas
viviendas pastoriles diseminadas en los valles. Algunas hijas de
pastores, que vivían en estos lugares, se casaron más
tarde con servidores que habían venido con los Reyes Magos, y se
quedaron en la comarca. De uno de estos matrimonios era un niño
curado por Nuestro Señor, en esta misma casa, a instancias de
María, el 31 de Julio de su segundo año de
predicación, después de su diálogo con la
Samaritana. Jesús eligió luego a este joven y a otros dos
para acompañarlo durante el viaje que hizo por Arabia
después de la muerte de Lázaro. Este joven fue más
tarde discípulo del Señor. He visto que Jesús se
detuvo aquí con frecuencia para predicar y enseñar. Ahora
José bendice a algunos niños que encontró en la
casa.
XXXVIII
Los viajeros son rechazados en
varias casas
Hoy los he visto seguir un sendero
más uniforme. La Virgen desmontaba a ratos, siguiendo a pie
algunos trechos. A menudo se detenían en lugares apropiados para
tomar alimento. Llevaban panecillos y una bebida que refresca y
fortalece, en recipientes muy elegantes, con dos asas que
parecían de bronce por el brillo. Esta bebida era el
bálsamo que tomaban mezclado con agua. Recogían bayas y
frutas de los árboles y arbustos en los lugares más
expuestos al sol. La montura de María tenía a derecha e
izquierda unos rebordes sobre los cuales apoyaba los pies: de esa
manera no quedaban en el aire, como veo a la gente de nuestro
país. Los movimientos de María eran siempre sosegados,
singularmente modestos. Se sentaba alternativamente a derecha e
izquierda.
La primera diligencia de José,
cuando llegaban a un lugar, era
buscar un sitio donde María pudiese sentarse y descansar
cómodamente. Ambos se lavaban con frecuencia los pies. Era de
noche cuando llegaron a una casa aislada. José llamó y
pidió hospitalidad; pero el dueño de casa no quiso abrir.
José le explicó la situación de María,
diciendo que no estaba en condición de seguir su camino y
agregando que no pedía hospedaje gratis. Todo fue inútil:
aquel hombre duro y grosero respondió que su casa no era una
posada, que lo dejaran tranquilo, que no golpeasen a la puerta. Ni
siquiera abrió la puerta para hablar, sino que dio su respuesta
desde el interior.
Los viajeros continuaron su camino, y al poco tiempo entraron en un
cobertizo cerca del cual habían visto detenerse a la
borriquilla. El refugio estaba
sobre un terreno llano. José
encendió luz y preparó un lecho para María, que lo
ayudaba en todo esto. Metió al asno y le dio forraje. Rezaron,
comieron y durmieron algunas horas. Desde la última posada hasta
aquí habría unas seis leguas. Se hallaban ahora a unas
veintiséis de Nazaret y a unas diez de Jerusalén. Hasta
aquel camino no habían seguido el sendero principal, sino
atravesando otros de comunicación que iban del Jordán a
Samaria, tocando las grandes rutas que llevan de Siria a Egipto. Los
atajos eran muy angostos y en las montañas se hallaban a menudo
tan apretados que les era necesario tomar muchas precauciones para
poder andar sin tropezar ni caerse. Los asnos avanzaban con paso muy
seguro.
Antes de aclarar el día partieron y tomaron un camino que
volvía a subir. Me parece que llegaron a la ruta que lleva de
Gábara hasta Jerusalén, que en este lugar era el
límite entre Samaria y Judea. En otra casa donde pidieron
hospitalidad fueron igualmente rechazados groseramente.
A varias leguas
al Nordeste de Betania, María se sintió
muy fatigada y deseó descansar y tomar alimento. José se
desvió una legua de camino en busca de una higuera grande que
solía estar cargada de higos, en torno de la cual había
asientos para descansar a su sombra. José conoció el
lugar en uno de sus anteriores viajes. Al llegar a la higuera no
encontró en ella ni una fruta, lo cual lo entristeció
mucho. Recuerdo vagamente que Jesús halló más
tarde esta higuera cubierta de hojas verdes, pero sin frutos. Creo que
el Señor la maldijo en la ocasión que había salido
de Jerusalén, y el árbol se secó por completo.
Más tarde se acercaron a una casa cuyo dueño trató
asperamente a José, que le había pedido humildemente
hospitalidad. Miró luego a la Santísima Virgen, a la luz
de una linterna y se burló de José porque llevaba una
mujer tan joven. En cambio la dueña de casa se acercó y
se compadeció de María: le ofreció una
habitación en un edificio vecino y les llevó panecillos
para su alimento. El marido se arrepintió de haber sido
descomedido y se mostró luego más servicial con los
santos viajeros.
Más tarde llegaron a otra casa habitada por una pareja joven.
Aunque fueron recibidos, no lo hicieron con cortesía y casi ni
se ocuparon de ellos. Estas personas no eran pastores sencillos, sino
como campesinos ricos, gente ocupada en negocios. Jesús
visitó una de estas casas, después de su bautismo. La
habitación donde la Sagrada Familia había pasado la
noche, la habían convertido en oratorio. No recuerdo si era
propiamente la casa aquélla cuyo dueño se burló de
José. Recuerdo vagamente que el arreglo lo hicieron
después de los milagros que sucedieron al Nacimiento de
Jesús.
XXXIX
Últimas etapas del
camino
En las últimas etapas José se
detuvo varias veces, pues María estaba cada vez más
fatigada. Siguiendo el camino indicado por la borriquilla, hicieron un
rodeo de un día y medio al Este de Jerusalén. El padre de
José había poseído algunos pastizales en aquella
comarca, y él conocía bien la región. Si hubieran
seguido atravesando directamente el desierto que se halla al
Mediodía, detrás de Betania, hubieran podido llegar a
Belén en seis horas; pero el camino era montañoso y muy
incómodo en esta estación.
Siguieron a la borriquilla a lo largo de los valles y se acercaron algo
al Jordán. Hoy vi a los santos caminantes que entraban en pleno
día en una casa grande de pastores. Está a tres leguas de
un lugar donde Juan bautizaba más tarde en el Jordán y a
siete de Belén. Es la misma casa donde Jesús, treinta
años más tarde, estuvo la noche del 11 de Octubre,
víspera del día en que por primera vez, después de
su bautismo, pasó delante de Juan Bautista.
Junto a la casa, y un tanto apartada de ella, había una granja
donde guardaban los instrumentos de labranza y los que usaban los
pastores. El patio tenía una fuente rodeada de baños que
recibían las aguas de aquélla mediante conductos
especiales. El dueño parecía tener extensas propiedades y
allí mismo tenía un tráfico considerable. He visto
que iban y venían varios servidores que comían en aquella
finca.
El dueño recibió a los viajeros muy amigablemente, se
mostró muy servicial y los condujo a una cómoda
habitación, mientras algunos servidores se ocuparon del asno. Un
criado lavó en una fuente los pies de José y le dio otras
ropas mientras limpiaba las suyas cubiertas de polvo. Una mujer
rindió los mismos servicios a María. En esta casa tomaron
alimento y durmieron.
La dueña de
casa tenía un carácter bastante raro:
se había encerrado en su casa y a hurtadillas observaba a
María, y como era joven y vanidosa, la belleza admirable de la
Virgen la había llenado de disgusto. Temía también
que María se dirigiera a ella para pedirle que le permitiese
quedarse hasta dar a luz a su Niño. Tuvo la descortesía
de no presentarse siquiera y buscó medios para que los viajeros
partieran al día siguiente. Esta es la mujer que encontró
Jesús allí, treinta años más tarde, ciega y
encorvada, y que sanó y curó después de hacerle
advertencias sobre su poca caridad y su vanidad de un tiempo.
He visto algunos niños. La Santa Familia pasó la noche en
este lugar.
Hoy al medio día vi a la Sagrada Familia abandonar la finca
donde se habían alojado. Algunos de la casa los
acompañaron cierta distancia. Después de unas, dos leguas
de camino, llegaron al anochecer a un lugar atravesado por un gran
sendero, a cuyos lados se levantaba una fila de casas con patios y
jardines. José tenía allí parientes. Me parece que
eran los hijos del segundo matrimonio de su padrastro o madrastra. La
casa era de muy buena apariencia; sin embargo, atravesaron este lugar
sin detenerse.
A media legua dieron vuelta a la derecha, en dirección de
Jerusalén, y arribaron a una posada grande en cuyo patio
había una fuente con cañerías de agua. Encontraron
reunidas a muchas gentes que celebraban un funeral. El interior de la
casa, en cuyo centro estaba el hogar con una abertura para el humo,
había sido transformado en una amplia habitación,
suprimiendo los tabiques movibles que separaban ordinariamente las
diversas piezas. Detrás del hogar había colgaduras negras
y frente a él algo así como un ataúd cubierto de
paño negro. Varios hombres rezaban. Tenían largas
vestimentas de color negro y encima otros vestidos blancos más
cortos. Algunos llevaban una especie de manípulo negro, con
flecos, colgado del brazo. En otra habitación estaban las
mujeres completamente envueltas en sus vestiduras, llorando, sentadas
sobre cofres muy bajos.
Los dueños de casa, ocupados en la ceremonia fúnebre, se
contentaron con hacerles señas de que entrasen; pero los
servidores los recibieron muy cortésmente y se ocuparon de
ellos. Les prepararon un alojamiento aparte con esteras suspendidas,
que le daba aspecto de carpa. Más tarde he visto a los
dueños de casa visitando a la Sagrada Familia, en amigable
conversación con ellos. Ya no llevaban las vestiduras blancas.
José y María tomaron alimento, rezaron juntos y se
entregaron al descanso.
Hoy a mediodía, María y José se pusieron en camino
hacia Belén de donde se hallaban sólo a unas tres leguas.
La dueña de casa insistía en que se quedaran,
pareciéndole que María daría a luz de un momento a
otro. María, bajándose el velo, respondió que
debía esperar treinta y seis horas aún. Hasta me parece
que haya dicho treinta y ocho. Aquella mujer los hubiera hospedado con
gusto, no en su casa, sino en otro edificio cercano. En el momento de
la partida vi que José, hablando de sus asnos con el
dueño de la casa, elogiaba los animales de éste, y dijo
que llevaba la borriquilla para empeñarla en caso de necesidad.
Los huéspedes hablaron de lo difícil que sería
para ellos encontrar alojamiento en Belén, y José dijo
que tenía varios amigos allá y que estaba seguro de ser
bien recibido. A mí me apenaba oírle hablar con tanta
convicción de la buena acogida que le harían. Aún
habló de esto mismo con María en el camino. Vemos, pues,
que hasta los santos pueden estar en error.
Desde el último alojamiento,
Belén distaba unas tres leguas. Dieron un rodeo hacia el Norte
de la ciudad acercándose por el Occidente. Se detuvieron debajo
de un árbol, fuera del camino, y María bajó del
asno, ordenándose los vestidos. José se dirigió
con María hacia un gran edificio rodeado de construcciones
pequeñas y de patios a pocos minutos de Belén.
Había allí muchos árboles. Numerosas personas
habían levantado sus carpas en ese lugar. Ésta era la
antigua casa paterna de la familia de David, que fue propiedad del
padre de San José. Habitaban en ella parientes o gente
relacionada con José; pero éstos no lo quisieron
reconocer y lo trataron como a extraño. En esta casa se cobraban
entonces los impuestos para el gobierno romano.
José
entró acompañado de María, llevando el
asno del cabestro, pues todos debían darse a conocer cuando
llegaban, y allí recibían el permiso para entrar en
Belén. La borriquilla no está junto a ellos: va corriendo
alrededor de la ciudad, hacia el Mediodía, donde hay un
vallecito. José ha entrado en el gran edificio. María se
encuentra en compañía de varias mujeres en una casa
pequeña que da al patio. Estas mujeres son bastante
benévolas y le dan de comer, pues cocinan para los soldados de
la guarnición. Son soldados romanos; tienen correas que cuelgan
de la cintura. La temperatura no es fría: es agradable; el sol
se muestra por encima de la montaña, entre Jerusalén y
Betania. Desde este lugar se contempla un paisaje muy hermoso.
José se halla en una habitación espaciosa, que no
está en el piso bajo. Le preguntan quién es y consultan
grandes rollos escritos, algunos suspendidos de los muros; los
despliegan y leen su genealogía, como también la de
María. José parecía no saber que también
María, por Joaquín, descendía en línea
directa de David. El hombre pregunta dónde se halla su mujer.
Hacía unos siete años que no habían regularizado
el impuesto para la gente del país, a causa de cierta
confusión y desorden. Este impuesto se halla en vigor desde hace
dos meses: se pagaba en los siete años precedentes, pero sin
regularidad. Ahora es necesario pagarlo dos veces. José ha
llegado un poco retrasado para pagarlo, pero a pesar de ello lo tratan
con cortesía. Aún no ha pagado. Le preguntan
cuáles son sus medios de vida; él responde que no posee
bienes raíces, que vivía de su oficio y que además
recibía ayuda de su suegra.
Hay en la casa gran cantidad de escribientes y empleados. Arriba
están los romanos y los soldados. Veo fariseos, saduceos,
sacerdotes, ancianos, cierto número de escribas y otros
funcionarios romanos y judíos. No hay ningún otro
comité semejante en Jerusalén; pero los hay en otros
lugares del país, como Magdala, cerca del lago de Genesaret,
donde acuden a pagar las gentes de Galilea y de Sidón,
según creo. Sólo aquéllos que no tienen bienes
raíces, sobre los cuales recae el impuesto correspondiente,
tienen que presentarse en el lugar de su nacimiento. Este impuesto
será dividido dentro de tres meses en tres partes, cada uno con
destino diferente. Una parte es para el emperador Augusto, para Herodes
y para otro príncipe que habita cerca de Egipto. Habiendo
participado en una guerra y teniendo derechos sobre una parte del
país, es preciso darle algo. La segunda parte está
destinada a la construcción del Templo: me parece que debe
servir para abonar una deuda contraída. La tercera debiera ser
para las viudas y los pobres, que desde tiempo no reciben nada; pero
como casi siempre sucede, aún en nuestra época, este
dinero no llega casi nunca adonde debe llegar. Se dan estos buenos
motivos para
exigir el impuesto, pero casi todo queda en manos de los poderosos.
Cuando estuvo arreglado lo de José, hicieron venir a
María ante los escribas, pero no pidieron papeles. Dijeron a
José que no era necesario haber traído a su mujer
consigo. Añadieron algunas bromas a causa de la juventud de
María, dejando al pobre José lleno de confusión.
XLI
La Sagrada Familia busca
refugio
Entraron en Belén por entre escombros, como si hubiese sido
una puerta derruida. Las casas
aparecen muy separadas unas de otras. María se quedó
tranquila, junto al asno, al comienzo de una calle, mientras
José buscaba inútilmente alojamiento entre las primeras
casas. Había muchos extranjeros y se veían numerosas
personas yendo de un lado a otro. José volvió junto a
María, diciéndole que no era posible encontrar
alojamiento; que debían penetrar más adentro de la
ciudad. Caminaban llevando José al asno del cabestro y
María iba a su lado.
Cuando llegaron a la entrada de otra calle, María
permaneció junto al asno, mientras José iba de casa en
casa; pero no encontró ninguna donde quisieran recibirlos.
Volvió lleno de tristeza al lado de María. Esto se
repitió varias veces y así tuvo María que esperar
largo rato. En todas partes decían que el sitio estaba ya tomado
y habiéndolo rechazado en todas partes, José dijo a
María que era necesario ir a otro lado en donde, sin duda,
encontrarían lugar.
Retomaron la dirección contraria a la que habían tomado
al entrar y se dirigieron hacia el Mediodía. Siguieron una
calleja que más parecía un camino entre la
campiña, pues las casas estaban aisladas, sobre pequeñas
colinas. Las tentativas fueron también allí infructuosas.
Llegados al otro lado de Belén, donde las casas se hallaban
aún más dispersas, encontraron un gran espacio
vacío, como un campo desierto en el poblado. En él
había una especie de cobertizo y a poca distancia un
árbol grande, parecido al tilo, de tronco liso, con ramas
extendidas, formando techumbre alrededor. José condujo a
María bajo este árbol y le arregló un asiento con
los bultos al pie, para que pudiera descansar, mientras él
volvía en busca de mejor asilo en las casas vecinas. El asno
quedó allí con la cabeza pegada al árbol.
María, al principio, permanecía de pie, apoyada al tronco
del árbol. Su vestido de lana blanca, sin cinturón,
caíale en pliegues alrededor. Tenía la cabeza cubierta
por un velo blanco. Las personas que pasaban por allí la
miraban, sin saber que su Salvador, su Mesías, estaba tan cerca
de ellos. ¡Qué paciente, qué humilde y qué
resignada estaba María! Tuvo que esperar mucho tiempo. Por fin
sentóse sobre las colchas, poniéndose las manos juntas en
el pecho, con la cabeza baja.
José
regresó lleno de tristeza, pues no había
podido encontrar posada ni refugio. Los amigos de quienes había
hablado a María apenas si lo reconocían. José
lloró y María lo consoló con dulces palabras. Fue
una vez más, de casa en casa, representando el estado de su
mujer, para hacer más eficaz la petición; pero era
rechazado precisamente también a causa de eso mismo.
El paraje era solitario. No obstante, algunas personas se habían
detenido mirándola de lejos con curiosidad, como sucede cuando
se ve a alguien que permanece mucho tiempo en el mismo sitio a la
caída de la tarde. Creo que algunos dirigieron la palabra a
María, preguntándole quién era.
Al fin volvió José, tan conturbado, que apenas se
atrevía a acercarse a María. Le dijo que había
buscado inútilmente; pero que conocía un lugar, fuera de
la ciudad, donde los pastores solían reunirse cuando iban a
Belén con sus rebaños: que allí podrían
encontrar siquiera un abrigo. José conocía aquel lugar
desde su juventud. Cuando sus hermanos lo molestaban, se retiraba con
frecuencia allí para rezar fuera del alcance de sus
perseguidores. Decía José que si los pastores
volvían, se arreglaría fácilmente con ellos; que
venían raramente en esa época del año.
Añadió que cuando Ella estuviera tranquila en aquel
lugar, él volvería a salir en busca de alojamiento
más apropiado.
Salieron, pues, de Belén por el Este siguiendo un sendero
desierto que torcía a la izquierda. Era un camino semejante al
que anduvieran a lo largo de los muros desmoronados de los fosos de las
fortificaciones derruidas de una pequeña ciudad: se subía
un tanto al principio, luego descendía por la ladera de un
montecillo y los condujo en algunos minutos al Este de Belén,
delante del sitio que buscaban, cerca de una colina o antigua muralla
que tenía delante algunos árboles: terebintos o cedros de
hojas verdes; otros tenían hojas pequeñas como las del
boj.
XLII
Descripción de la gruta
de Belén
En la extremidad Sur de la colina, alrededor
de la cual torcía el camino que lleva al valle de los pastores,
estaba la gruta en la cual José buscó refugio para
María. Había allí otras grutas abiertas en la
misma roca. La entrada estaba al Oeste y un estrecho pasadizo
conducía a una habitación redondeada por un lado,
triangular por otro, en la parte Este de la colina.
La gruta era natural; pero por el lado del Mediodía, frente al
camino que llevaba al valle de los pastores, se habían hecho
algunos arreglos consistentes en trabajos toscos de mampostería.
Por el lado que miraba al Mediodía había otra entrada
que, generalmente estaba tapiada. José volvió a abrirla
para mayor comodidad.
Saliendo por allí hacia la izquierda, había otra abertura
más amplia, que llevaba a una cueva estrecha e incómoda a
mayor profundidad, que terminaba debajo de la gruta del pesebre.
La entrada común a la gruta
del pesebre miraba hacia el Oeste.
Desde el lugar se podían ver los techos de algunas casitas de
Belén. Saliendo de allí y torciendo a la derecha, se
llegaba a una gruta más profunda y oscura, en la cual hubo de
ocultarse María alguna vez.
Delante de la entrada, al Oeste, había un techito de juncos
apoyado sobre estacas, que se extendía al Mediodía y
cubría la entrada de ese lado, de modo que se podía estar
a la sombra delante de la gruta. En la parte Meridional tenía la
gruta tres aberturas, con rejas por arriba, por donde entraba aire y
luz. Una abertura semejante había en la bóveda de la
misma roca: estaba cubierta de césped y era la extremidad de la
altura sobre la cual estaba edificada la ciudad de Belén.
Pasando del corredor, que era más alto, a la gruta, formada por
la misma naturaleza, había que descender más. El suelo en
torno de la gruta se alzaba, de modo que la gruta misma estaba rodeada
de un banco de piedra de variable anchura. Las paredes de la gruta,
aunque no completamente lisas, eran bastantes uniformes y limpias,
hasta agradables a la vista.
Al Norte del corredor había una entrada a otra gruta lateral
más pequeña. Pasando delante de esta entrada, se hallaba
el sitio donde José solía encender fuego; luego la pared
daba vuelta al Nordeste en la otra gruta, más amplia, situada a
mayor altura. Allí he visto más tarde el asno de
José. Detrás de este sitio había un rincón
bastante grande, donde cabía el asno con suficiente forraje.
En la parte Este de esta gruta, frente a la
entrada, fue donde se
encontraba la Virgen Santísima cuando nació de Ella la
Luz del mundo. En la parte que se extiende al Mediodía estaba
colocado el pesebre donde fue adorado el Niño Jesús. El
pesebre no era sino una gamella excavada en la piedra misma, destinada
a dar de beber a los animales. Encima tenía un comedero, con
ancha abertura, hecho de enrejado de maderas y alzado sobre cuatro
patas, de modo que los animales podían alcanzar
cómodamente el heno o el pasto colocado allí. Para beber
no tenían más que agachar la cabeza al bebedero de piedra
que estaba debajo.
Delante del pesebre, hacia el Este de esta parte de la gruta, estaba
sentada la Virgen con el Niño Jesús cuando vinieron los
tres Reyes a ofrecerle sus dones. Saliendo del pesebre y dando vuelta
al Oeste en el corredor delante de la gruta, se pasaba por frente a la
entrada Meridional antedicha y se llegaba a un sitio donde hizo
José más tarde su habitación, separándola
del resto mediante tabiques de zarzos. En ese lado había una
cavidad donde él depositaba varios objetos.
Afuera, en la parte Meridional de la gruta, pasaba el camino que
conducía al valle de los pastores. Diseminadas por las colinas,
veíanse casitas y en el llano, cobertizos con techos de
cañas, sostenidos por estacas. Delante de la gruta la colina
bajaba a un valle sin salida, cerrado por el Norte, ancho de más
o menos medio cuarto de legua. Había allí zarzales,
árboles y jardines. Atravesando una hermosa pradera, donde
había una fuente y pasando bajo los árboles alineados con
simetría, se llegaba al Este del valle, en el cual se encontraba
una colina prominente y en ella la gruta de la tumba de Maraha, la
nodriza de Abrahán. Se llama también la Gruta de la
leche. La Virgen Santísima se refugió allí con el
Niño Jesús repetidas veces. Sobre esta gruta había
un gran árbol, alrededor del cual veíanse algunos
asientos. Desde aquí se podía contemplar Belén
mejor que desde la entrada de la gruta del pesebre.
He sabido muchas cosas de la gruta del pesebre, sucedidas en los
antiguos tiempos. Recuerdo, entre otras, que Set, el niño de la
promesa, fue concebido y dado a luz en esta gruta por Eva,
después de un período de penitencia de siete años.
Fue allí donde un ángel le dijo a Eva que Dios le daba a
Set en lugar de Abel. Aquí en la gruta de Maraha, fue escondido y alimentado Set, pues sus
hermanos querían quitarle la vida, como los hijos de Jacob lo
intentaron con José.
En una época muy lejana, donde he visto que los hombres
vivían en grutas, pude verlos a menudo haciendo excavaciones en
la piedra para poder habitar y dormir cómodamente en ellas con
sus hijos, sobre pieles de animales o sobre colchones de hierbas. La
excavación hecha debajo de la gruta del pesebre, puede haber
servido de lecho a Set y a los habitantes posteriores. No tengo ya
certeza de estas cosas.
Recuerdo también haber visto en mis visiones sobre la
predicación de Jesús, que el 6 de Octubre el
Señor, después de su bautismo, celebró la
festividad del sábado en la gruta del pesebre, que los pastores
habían transformado en oratorio.
Abrahán tenía una nodriza llamada Maraha, muy honrada por
él y que llegó a edad muy avanzada. Esta nodriza
seguía a Abrahán en todas partes montada en un camello y
vivó a su lado, en Sucot, mucho tiempo. En sus últimos
tiempos lo siguió también al valle de los pastores, donde
Abrahán había alzado sus carpas en los alrededores de la
gruta. Habiendo pasado los cien años y viendo llegar su
última hora pidió a Abrahán que la enterrara en
esa gruta, acerca de la cual hizo algunas predicciones y a la que
llamó Gruta de la leche o Gruta de la nodriza. Aconteció
en ella un hecho milagroso, que he olvidado, y brotó allí
una fuente del suelo. La gruta era entonces un corredor estrecho y
alto, abierto en una piedra blanca, no muy dura. De un lado
había una capa de esta materia que no alcanzaba hasta la
bóveda. Trepando sobre esta capa de materia se podía
llegar hasta la entrada de otra gruta más alta. La gruta fue
ensanchada más tarde, puesto que Abrahán hizo excavar su
parte lateral para la tumba de Maraha. Sobre un gran bloque de piedra
había una especie de gamella, también de piedra,
sostenida por patas cortas y gruesas. Quedé muy asombr