XXXV - Preparativos para el nacimiento de Jesús 103 
XXXVI - Partida de María y de José hacia Belén 105
XXXVII - La festividad del Sábado 108
XXXVIII - Los viajeros son rechazados en varias casas 110
XXXIX - Ultimas etapas del camino 112
XL - Llegada a Belén 115
XLI - La Sagrada Familia se refugia en la gruta 117
XLII - Descripción de la gruta de Belén 119
XLIII - José y María se refugian en la gruta de Belén 123
XLIV - Nacimiento de Jesús 126
XLV - Señales en la naturaleza. Anuncio a los pastores 128
XLVI - Señales en Jerusalén, en Roma y en otros pueblos 130
XLVII - Antecedentes de los Reyes Magos 133
XLVIII - Fecha del nacimiento del Redentor 134
XLIX - Los pastores acuden con sus presentes 135
L -Celebra la Sagrada Familia la fiesta del Sábado 138
LI - La circuncisión de Jesús 140
LII - Isabel acude a la gruta de Belén 142
LIII - Los países de los Reyes Magos 144
LIV - La comitiva de Teokeno 148
LV - Nombres de los Reyes Magos 151
LVI - Llegan al país del rey de Causur 156
LVII - La Virgen Santísima presiente la llegada de los Reyes 159
LVIII - El viaje de los Reyes Magos 161
LIX - Llegada de Santa Ana a Belén 164
LX - Llegada de los Reyes Magos a Jerusalén 166
LXI - Los Reyes Magos conducidos al palacio de Herodes 170
LXII - Viaje de los Reyes de Jerusalén a Belén 173
LXIII - La adoración de los Reyes Magos 175
LXIV - La adoración de los servidores de los Reyes 179
LXV - Nueva visita de los Reyes Magos 182

LXVI - El Ángel avisa a los Reyes los designios de Herodes 184
LXVII - Visita de Zacarías. La Sagrada Familia se traslada a la
LXXIX - La Sagrada Familia se detiene en una gruta y ve al ni-
LXXXVII - Santa Isabel vuelve por tercera vez al desierto con el
tumba de Mahara 187
LXVIII - Preparativos para la partida de la Sagrada Familia 190
LXIX - Presentación de Jesús en el Templo 192
LXX - Presentación de María en el Templo 195
LXXI - Muerte de Simeón 199
LXXII - Visión de la Purificación de María 201
LXXIII - La Sagrada Familia llega a casa de Santa Ana 203
LXXIV - Agitación de Herodes en Jerusalén 205
LXXV -La Sagrada Familia en Nazaret 206
LXXVI - El Ángel se aparece a José y le manda huir a Egipto 207
LXXVII - Descanso bajo el terebinto de Abraham 210
LXXVIII - Santa Isabel huye al desierto con el niño Juan 211
ño Juan 212
LXXX -En la morada de los ladrones 215
LXXXI - La primera ciudad egipcia. -La fuente milagrosa 218
LXXXII - El ídolo de Heliópolis 220
LXXXIII - La Sagrada Familia en Heliópolis 221
LXXXIV -La matanza de los inocentes 223
LXXXV - Santa Isabel vuelve a huir con el niño Juan 226
LXXXVI -La Sagrada Familia se dirige a Matarea 227
niño Juan 230
LXXXVIII - Muerte de Zacarías e Isabel 232
LXXXIX -Vida de la Sagrada Familia en Matarea 234
XC - Origen de la fuente de Matarea. Historia de Job 236
XCI - Abrahán y Sara en Egipto. La fuente abandonada 240
XCII - Un ángel avisa a la Sagrada Familia que abandone Egipto 243
XCIII - Regreso de Egipto 245
XCIV - La Sagrada Familia en Nazaret 246
XCV - Fiesta en casa de Ana 250
XCVI - Muerte de San José 251

XXXV
Preparativos para el nacimiento de Jesús
esde hace varios días veo a María en casa de Ana, su madre, cuya casa D se halla más o menos a una legua de Nazaret, en el valle de Zabulón. La
criada de Ana permanece en Nazaret cuando María está ausente y sirve a José.
Veo que mientras vivió Ana casi no tenían hogar independiente del todo,
pues recibían siempre de ella todo lo que necesitaban para su manutención.
Veo desde hace quince días a María ocupada en preparativos para el nacimiento
de Jesús: cose colchas, tiras y pañales. Su padre Joaquín ya no vive.
En la casa hay una niña de unos siete años de edad que está a menudo junto a
la Virgen y recibe lecciones de María. Creo que es la hija de María de Cleofás
y que también se llama María. José no está en Nazaret, pero debe llegar muy
pronto. Vuelve de Jerusalén donde ha llevado los animales para el sacrificio.
Vi a la Virgen Santísima en la casa, trabajando, sentada en una habitación con
otras mujeres. Preparaban prendas y colchas para el nacimiento del Niño.
Ana poseía considerables bienes en rebaños y campos y proporcionaba con
abundancia todo lo que necesitaba María, en avanzado estado de embarazo.
Como creía que María daría a luz en su casa y que todos sus parientes vendrían
a verla, hacía allí toda clase de preparativos para el nacimiento del Niño de
la Promesa, disponiendo, entre otras cosas, hermosas colchas y preciosas alfombras.
Cuando nació Juan pude ver una de estas colchas en casa de Isabel.
Tenía figuras simbólicas y sentencias hechas con trabajos de aguja. Hasta he
visto algunos hilos de oro y plata entremezclados en el trabajo de aguja. Todas
estas prendas no eran únicamente para uso de la futura madre: había muchas
destinadas a los pobres, en los que siempre se pensaba en tales ocasiones
solemnes. Vi a la Virgen y a otras mujeres sentadas en el suelo alrededor de
un cofre, trabajando en una colcha de gran tamaño colocada sobre el cofre. Se
servían de unos palillos con hilos arrollados de diversos colores. Ana estaba
muy ocupada, e iba de un lado a otro tomando lana, repartiéndola y dando
trabajo a cada una de ellas.
José debe volver hoy a Nazaret. Se hallaba en Jerusalén donde había ido a llevar
animales para el sacrificio, dejándolos en una pequeña posada dirigida por
una pareja sin hijos situada a un cuarto de legua de la ciudad, del lado de Belén.
Eran personas piadosas, en cuya casa se podía habitar confiadamente.
Desde allí se fue José a Belén; pero no visitó a sus parientes, queriendo tan
-103 -

solo tomar informes relativos a un empadronamiento o una percepción de impuestos
que exigía la presencia de cada ciudadano en su pueblo natal. Con todo,
no se hizo inscribir aún, pues tenía la intención, una vez realizada la purificación
de María, de ir con ella de Nazaret al Templo de Jerusalén, y desde
allí a Belén, donde pensaba establecerse. No sé bien qué ventajas encontraba
en esto, pero no gustándole la estadía en Nazaret, aprovechó esta oportunidad
para ir a Belén. Tomó informes sobre piedras y maderas de construcción, pues
tenía la idea de edificar una casa. Volvió luego a la posada vecina a Jerusalén,
condujo las víctimas al Templo y retornó a su hogar. Atravesando hoy la llanura
de Kimki, a seis leguas de Nazaret, se le apareció un ángel, indicándole
'que partiera con María para Belén, pues era allí donde debía nacer el Niño.
Le dijo que debía llevar pocas cosas y ninguna colcha bordada. Además del
asno sobre el cual debía ir María montada, era necesario que llevase consigo
una pollina de un año, que aún no hubiese tenido cría. Debía dejarla correr en
libertad, siguiendo siempre el camino que el animal tomara.
Esta noche Ana se fue a Nazaret con la Virgen María, pues sabían que José
debía llegar. No parecía, sin embargo, que tuvieran conocimiento del viaje
que debía hacer María con José a Belén. Creían que María daría a luz en su
casa de Nazaret, pues vi que fueron llevados allí muchos objetos preparados,
envueltos en grandes esteras. Por la noche llegó José a Nazaret. Hoy he visto
a la Virgen con su madre Ana en la casa de Nazaret, donde José les hizo conocer
lo que el ángel le había ordenado la noche anterior. Ellas volvieron a la
casa de Ana, donde las vi hacer preparativos para un viaje próximo. Ana estaba
muy triste. La Virgen sabía de antemano que el Niño debía nacer en Belén;
pero por humildad no había hablado. Estaba enterada de todo por las profecías
sobre el nacimiento del Mesías que ella conservaba consigo en Nazaret. Estos
escritos le habían sido entregados y explicados por sus maestras en el Templo.
Leía a menudo estas profecías y rogaba por su realización, invocando siempre,
con ardiente deseo, la venida de ese Mesías. Llamaba bienaventurada a
aquélla que debía dar a luz y deseaba ser tan sólo la última de sus servidoras.
En su humildad no pensaba que ese honor debía tocarle a ella. Sabiendo por
los textos que el Mesías debía nacer en Belén, aceptó con júbilo la voluntad
de Dios, preparándose para un viaje que habría de ser muy penoso para ella,
en su actual estado y en aquella estación, pues el frío suele ser muy intenso en
los valles entre cadenas montañosas.
-104 -

XXXVI
Partida de María y de José hacia Belén
sta noche vi a José y a María, acompañados de Ana, María de Cleofás y E algunos servidores, salir de la casa de Ana para su viaje. María iba sentada
sobre la albarda del asno, cargado además con el equipaje, José lo conducía.
Había otro asno sobre el cual debía regresar Ana.
Esta mañana he visto a los santos viajeros a unas seis leguas de Nazaret, llegando
a la llanura de Kimki, que era el lugar donde el ángel se le había aparecido
a José dos días antes. Ana poseía un campo en aquel lugar y los servidores
debían tomar allí la burra de un año que José quería llevar, la cual corría y
saltaba delante o al lado de los viajeros. Ana y María de Cleofás se despidieron
y regresaron con sus servidores. Vi a la Sagrada Familia caminando por
un sendero que subía a la cima de Gelboé. No pasaban por los poblados, y seguían
a la pollina, que tomaba caminos de atajo. Pude verlos en una propiedad
de Lázaro, a poca distancia de la ciudad de Ginim16, por el lado de Samaría.
El cuidador los recibió amistosamente, pues los había conocido en un viaje
anterior. Su familia estaba relacionada con la de Lázaro. Veo allí muchos
hermosos jardines y avenidas. La casa está sobre una altura; desde la terraza
se alcanza a contemplar una gran extensión de la comarca. , Lázaro heredó de
su padre esta propiedad. He visto que Nuestro Señor se detuvo con frecuencia
durante su vida pública en este lugar y enseñó en los alrededores. El cuidador
y su mujer trataron muy amistosamente a María. Se admiraron que hubiese
emprendido semejante viaje en el estado en que se encontraba, dado que
hubiera podido quedarse tranquilamente en casa de Ana.
He visto a la Sagrada Familia a varias leguas del sitio anterior, caminando en
medio de la noche hacia una montaña a lo largo de un valle muy frío, donde
había caído escarcha. La Virgen María, que sufría mucho el frío, dijo a José:
"Es necesario detenernos aquí, pues no puedo seguir". No bien dijo estas palabras
se detuvo la borriquilla debajo de un gran árbol de terebinto, junto al
cual había una fuente. Se detuvieron y José preparó con las colchas un asiento
para la Virgen, a la cual ayudó a desmontar del asno. María sentóse debajo
del árbol y José colgó del árbol su linterna. A menudo he visto hacer lo mismo
a las personas que viajan por estos lugares. La Virgen pidió a Dios ayuda
contra el frío. Sintió entonces un alivio tan grande y una corriente de calor tal
que tendió sus manos a José para que él pudiera calentar un tanto sus manos
-105 -

ateridas. Comieron algunos panecillos y frutas, y bebieron agua de la fuente
vecina, mezclándola con gotas del bálsamo que José llevaba en su cántaro.
José consoló y alegró a María. Era muy bueno y sufría mucho en ese viaje tan
penoso para ella. Habló del buen alojamiento que pensaba conseguir en Belén.
Conocía una casa cuyos dueños eran gente buena y pensaba hospedarse
allí con ciertas comodidades. Mientras iban de camino hacía el elogio de Belén,
recordando a María todas las cosas que podían consolarla y alegrarla. Esto
me causaba lástima, pues yo sabía todo lo que sufriría: todo iba a acontecer
de diferente manera. A esta altura habían pasado ya dos pequeños arroyos,
uno a través de un alto puente, mientras los dos asnos lo cruzaban a nado. La
borriquilla que iba en libertad, tenía curiosas actitudes. Cuando el camino era
recto y bien trazado, sin peligros para perderse, como entre dos montañas, corría
delante o detrás de los viajeros. Cuando el camino se dividía, aguardaba y
tomaba el sendero recto. Cuando debían detenerse, se paraba como lo hizo bajo
el terebinto. No sé si pasaron la noche bajo este árbol o buscaron otro hospedaje.
Este viejo terebinto era un árbol sagrado, que había formado parte del
bosque de Moré, cerca de Siquem. Abrahán, viniendo de Canaán, había visto
aparecer allí al Señor, el cual le había prometido aquella tierra para su posteridad,
y el Patriarca alzó un altar debajo del terebinto. Jacob, antes de ir a Betel
para ofrecer sacrificio al Señor, había enterrado bajo el árbol los ídolos de
Labán y las joyas de su familia. Josué había levantado allí el tabernáculo donde
se hallaba el Arca de la Alianza, y, reunida la población, le había exigido
renunciar a los ídolos. En este mismo sitio Abimelec, hijo de Gedeón, fue
proclamado rey por los siquemitas.
Hoy vi a la Sagrada Familia llegar a una granja, a dos leguas al Sur del terebinto.
La dueña de la finca estaba ausente y el hombre no quiso recibir a José,
diciéndole que bien podía ir más lejos. Un poco más adelante vieron que la
borriquilla entraba en una cabaña de pastores, y entraron ellos también. Los
pastores que se hallaban allí, vaciando la cabaña, los recibieron con benevolencia:
les dieron paja y haces de junco y ramas para que encendieran fuego.
Fueron después a la finca donde había sido rechazada la Sagrada Familia, e
hicieron el elogio de José y de la belleza y santidad de María, ante la señora
de la casa, la cual reprochó a su marido por haber rechazado a personas tan
buenas. Luego vi a esta mujer ir adonde estaba María; pero no se atrevió a entrar
por timidez y volvió a su casa a buscar alimentos. La cabaña estaba en el
flanco Oeste de una montaña, más o menos entre Samaría y Tebez. Al Este,
-106 -

más allá del Jordán, está Sucot. Ainón se encuentra un poco más al Mediodía,
al otro lado del río. Salim está más cerca. Desde allí habría unas doce leguas
hasta Nazaret. La mujer volvió en compañía de dos niños a visitar a la Sagrada
Familia, trayendo provisiones. Disculpóse afablemente y se mostró muy
conmovida por la difícil situación de los caminantes. Después que éstos
hubieron comido y descansado, presentóse el marido de aquella mujer y pidió
perdón a San José por haberlo rechazado. Le aconsejó que subiera una legua
más por la cima de la montaña, que allí encontraría un buen refugio antes de
comenzar las fiestas del sábado, donde podría pasar el día del reposo festivo.
Se pusieron en camino y después de haber andado una legua llegaron a una
posada de varios edificios, rodeados de árboles y jardines. Vi algunos arbustos
que dan el bálsamo, plantados a espaldera. La posada estaba en la parte
Norte de la montaña. La Virgen Santísima había desmontado y José llevaba el
asno. Se acercaron a la casa y José pidió alojamiento; pero el dueño se disculpó,
diciendo que estaba lleno de viajeros. Llegó en esto la mujer, y al pedirle
la Virgen alojamiento con la más conmovedora humildad, aquélla sintió una
profunda emoción. El dueño no pudo resistir y les arregló' un refugio cómodo
en el granero cercano y llevó el asno a la cuadra. La borriquilla corría libre
por los alrededores. Siempre estaba lejos de ellos cuando no tenía que señalar
camino.
-107 -

XXXVII
La festividad del Sábado
osé preparó su lámpara y se puso a orar en compañía de la Virgen Santí-J sima, guardando la observancia del sábado con piedad conmovedora. Comieron
alguna cosa y descansaron sobre esteras extendidas en el suelo. Vi a la
Sagrada Familia permanecer allí todo el día. María y José oraban juntos. He
visto a la mujer del dueño de la posada pasar el día al lado de María con sus
tres hijos. Allegóse también aquella mujer que los había hospedado la víspera,
con dos de sus hijos. Se sentaron al lado de María amigablemente, quedando
muy impresionados por la modestia y la sabiduría de la Virgen, que conversó
también con los niños, dándoles algunas útiles instrucciones. Los niños tenían
pequeños rollos de pergamino. María les hizo leer y les habló de modo tan
amable que las criaturas no apartaban la vista ni un instante de ella. Era algo
muy conmovedor ver esta atención de los niños y escuchar las enseñanzas de
María. Al caer la tarde vi a José paseando con el dueño de la posada por los
alrededores, mirando los campos y los jardines y tratándose familiarmente.
Así veo a las personas piadosas del país en el día festivo del sábado. Los santos
viajeros quedaron en ese lugar la noche siguiente. Los buenos esposos de
la posada se encariñaron sumamente con María y le pidieron que se quedara
con ellos hasta el nacimiento del Niño. Le mostraron una habitación muy cómoda,
y la mujer se ofreció a servirles de todo corazón y con amable insistencia;
pero los viajeros reanudaron su viaje por la mañana muy temprano y descendieron
por el Suroeste de la montaña, hacia un hermoso valle. Se alejaron
aún más de Samaria. Mientras iban descendiendo se podía ver el templo del
monte Garizim, pues se lo ve desde muy lejos. Sobre el techo hay figuras de
leones o de otros animales semejantes, que brillan a los rayos del sol.
Hoy los he visto hacer unas seis leguas de camino. Al atardecer se encontraban
en una llanura a una legua al Sureste de Siquem. Entraron en una casa de
pastores bastante grande donde fueron recibidos bien. El dueño de casa estaba
encargado de cuidar los campos y jardines, propiedad de una vecina ciudad.
La casa no estaba en la llanura sino sobre una pendiente. Todo era fértil en esta
comarca y en mejores condiciones que el país recorrido anteriormente; pues
aquí se estaba de cara al sol, lo que en la Tierra Prometida es causa de una diferencia
notable en -esta época del año. Desde este lugar hasta Belén se encuentran
muchas de estas viviendas pastoriles diseminadas en los valles. Al-
-108 -

gunas hijas de pastores, que vivían en estos lugares, se casaron más tarde con
servidores que habían venido con los Reyes Magos, y se quedaron en la comarca.
De uno de estos matrimonios era un niño curado por Nuestro Señor, en
esta misma casa, a instancias de María, el 31 de Julio de su segundo año de
predicación, después de su diálogo con la Samaritana. Jesús eligió luego a este
joven y a otros dos para acompañarlo durante el viaje que hizo por Arabia
después de la muerte de Lázaro. Este joven fue más tarde discípulo del Señor.
He visto que Jesús se detuvo aquí con frecuencia para predicar y enseñar.
Ahora José bendice a algunos niños que encontró en la casa.
-109 -

XXXVIII
Los viajeros son rechazados en varias casas
oy los he visto seguir un sendero más uniforme. La Virgen desmontaba H a ratos, siguiendo a pie algunos trechos. A menudo se detenían en lugares
apropiados para tomar alimento. Llevaban panecillos y una bebida que refresca
y fortalece, en recipientes muy elegantes, con dos asas que parecían de
bronce por el brillo. Esta bebida era el bálsamo que tomaban mezclado con
agua. Recogían bayas y frutas de los árboles y arbustos en los lugares más expuestos
al sol. La montura de María tenía a derecha e izquierda unos rebordes
sobre los cuales apoyaba los pies: de esa manera no quedaban en el aire, como
veo a la gente de nuestro país. Los movimientos de María eran siempre sosegados,
singularmente modestos. Se sentaba alternativamente a derecha e izquierda.
La primera diligencia de José, cuando llegaban a un lugar, era buscar
un sitio donde María pudiese sentarse y descansar cómodamente. Ambos se
lavaban con frecuencia los pies.
Era de noche cuando llegaron a una casa aislada. José llamó y pidió hospitalidad;
pero el dueño de casa no quiso abrir. José le explicó la situación de ¡María,
diciendo que no estaba en condición de seguir su camino y agregando que
no pedía hospedaje gratis. Todo fue inútil: aquel hombre duro y grosero respondió
que su casa no era una posada, que lo dejaran tranquilo, que no golpeasen
a la puerta. Ni siquiera abrió la puerta para hablar, sino que dio su respuesta
desde el interior. Los viajeros continuaron su camino, y al poco tiempo
entraron en un cobertizo cerca del cual habían visto detenerse a la borriquilla.
José encendió luz y preparó un lecho para María, que lo ayudaba en todo esto.
Metió al asno y le dio forraje. Rezaron, comieron y durmieron algunas horas.
Desde la última posada hasta aquí habría unas seis leguas. Se hallaban ahora a
unas veintiséis de Nazaret y a unas diez de Jerusalén. Hasta aquel camino no
habían seguido el sendero principal, sino atravesando otros de comunicación
que iban del Jordán a Samaria, tocando las grandes rutas que llevan de Siria a
Egipto. Los atajos eran muy angostos y en las montañas se hallaban a menudo
tan apretados que les era necesario tomar muchas precauciones para poder
andar sin tropezar ni dar caídas. Los asnos avanzaban con paso muy seguro.
El refugio estaba sobre un terreno llano.
Antes de aclarar el día partieron y tomaron un camino que volvía a subir. Me
parece que llegaron a la ruta que lleva de Gábara hasta Jerusalén, que en este
-110 -

lugar era el límite entre Samaria y Judea. En otra casa donde pidieron hospitalidad
fueron igualmente rechazados groseramente. A varias leguas al Noreste
de Betania, María se sintió muy fatigada, y deseó descansar y tomar alimento.
José se desvió una legua de camino en busca de una higuera grande que solía
estar cargada de higos, en torno de la cual había asientos para descansar a su
sombra. José conoció el lugar en uno de sus anteriores viajes. Al llegar a la
higuera no encontró en ella ni una fruta, lo cual lo entristeció mucho. Recuerdo,
vagamente que Jesús halló más tarde esta higuera cubierta de hojas verdes,
pero sin frutos. Creo que el Señor la maldijo en ocasión que había salido
de Jerusalén, y el árbol se secó por completo. Más tarde se acercaron a una
casa cuyo dueño trató ásperamente a José, que le había pedido humildemente
hospitalidad. Miró luego a la Santísima Virgen, a la luz de una linterna, y se
burló de José porque llevaba una mujer tan joven. En cambio la dueña de casa
se acercó y se compadeció de María: le ofreció una habitación en un edificio
vecino y les llevó panecillos para su alimento. El marido se arrepintió de
haber sido descomedido y se mostró luego más servicial con los santos viajeros.
Más tarde llegaron a otra casa habitada por una pareja joven. Aunque fueron
recibidos, no lo hicieron con cortesía y casi ni se ocuparon de ellos. Estas
personas no eran pastores sencillos, sino como campesinos ricos, gente ocupada
en negocios. Más tarde Jesús visitó una de estas casas, después de su
bautismo. La habitación donde la Sagrada Familia había pasado la noche, la
habían convertido en oratorio. No recuerdo si era propiamente la casa aquélla
cuyo dueño se burló de José. Recuerdo vagamente que el arregló lo hicieron
después de los milagros que sucedieron al nacimiento de Jesús.
-111 -

XXXIX
Ultimas etapas del camino
n las últimas etapas José se detuvo varias veces, pues María estaba cada E vez más fatigada. Siguiendo el camino indicado por la borriquilla, hicieron
un rodeo de un día y medio al Este de Jerusalén. El padre de José había
poseído algunos pastizales en aquella comarca, y él conocía bien la región. Si
hubieran seguido atravesando directamente el desierto que se halla al Mediodía,
detrás de Betania, hubieran podido llegar a Belén en seis horas; pero el
camino era montañoso y muy incómodo en esta estación.
Siguieron a la borriquilla a lo largo de los valles y se acercaron c algo al Jordán.
Hoy vi a los santos caminantes que entraban en pleno día en una casa grande
de pastores. Está a tres leguas de un lugar donde Juan bautizaba más tarde en
el Jordán y a siete de Belén. Es la misma casa donde Jesús, treinta años más
tarde, estuvo la noche del 11 de Octubre, víspera del día en que por primera
vez, después de su bautismo, pasó delante de Juan Bautista. Junto a la casa, y
un tanto apartada de ella, había una granja donde guardaban los instrumentos
de labranza y los que usaban los pastores. El patio tenía una fuente rodeada de
baños que recibían las aguas de aquélla mediante conductos especiales. El
dueño parecía tener extensas propiedades y allí mismo tenía un tráfico considerable.
He visto que iban y venían varios servidores que comían en aquella
finca. El dueño recibió a los viajeros muy amigablemente, se mostró muy servicial
y los condujo a una cómoda habitación, mientras algunos servidores se
ocuparon del asno. Un criado lavó en una fuente los pies de José y le dio otras
ropas mientras limpiaba las suyas cubiertas de polvo. Una mujer rindió los
mismos servicios a María. En esta casa tomaron alimento y durmieron. La
dueña de casa tenía un carácter bastante raro: se había encerrado en su casa y
a hurtadillas observaba a María, y como era joven y vanidosa, la belleza admirable
de la Virgen la había llenado de disgusto. Temía también que María
se dirigiera a ella para pedirle que le permitiese quedarse hasta dar a luz a su
Niño. Tuvo la descortesía de no presentarse siquiera y buscó medios para que
los viajeros partieran al día siguiente. Esta es la mujer que encontró Jesús allí,
treinta años más tarde, ciega y encorvada, y que sanó y curó después de
hacerle advertencias sobre su poca caridad y su vanidad de un tiempo. He visto
algunos niños. La santa Familia pasó la noche en este lugar.
-112 -

Hoy al medio día vi a la Sagrada Familia abandonar la finca donde se habían
alojado. Algunos de la casa los acompañaron cierta distancia. Después de
unas, dos leguas de camino, llegaron al anochecer a un lugar atravesado por
un gran sendero, a cuyos lados se levantaba una fila de casas con patios y jardines.
José tenía allí parientes. Me parece que eran los hijos del segundo matrimonio
de su padrastro o madrastra. La casa era de muy buena apariencia;
sin embargo, atravesaron este lugar sin detenerse. A media legua dieron vuelta
a la derecha, en dirección de Jerusalén, y arribaron a una posada grande en
cuyo patio había una fuente con cañerías de agua. Encontraron reunidas a muchas
gentes que celebraban un funeral. El interior de la casa, en cuyo centro
estaba el hogar con una abertura para el humo, había sido transformado en
una amplia habitación, suprimiendo los tabiques movibles que separaban ordinariamente
las diversas piezas. Detrás del hogar había colgaduras negras y
frente a él algo así como un ataúd cubierto de paño negro. Varios hombres rezaban.
Tenían largas vestimentas de color negro y encima otros vestidos blancos
más cortos. Algunos llevaban una especie de manípulo negro, con flecos,
colgado del brazo. En otra habitación estaban las mujeres completamente envueltas
en sus vestiduras, llorando, sentadas sobre cofres muy bajos. Los dueños
de casa, ocupados en la ceremonia fúnebre, se contentaron con hacerles
señas de que entrasen; pero los servidores los recibieron muy cortésmente y
se ocuparon de ellos. Les prepararon un alojamiento aparte con esteras suspendidas,
que le daba aspecto de carpa. Más tarde he visto a los dueños de casa
visitando a la Sagrada Familia, en amigable conversación con ellos. Ya no
llevaban las vestiduras blancas. José y María tomaron alimento, rezaron juntos
y se entregaron al descanso.
Hoy a mediodía María y José se pusieron en camino hacia Belén de donde se
hallaban sólo a unas tres leguas. La dueña de casa insistía en que se quedaran,
pareciéndole que María daría a luz de un momento a otro. María, bajándose el
velo, respondió que debía esperar treinta y seis horas aún. Hasta me parece
que haya dicho treinta y ocho. Aquella mujer los hubiera hospedado con gusto,
no en su casa, sino en otro edificio cercano. En el momento de la partida vi
que José, hablando de sus asnos con el dueño de la casa, elogiaba los animales
de éste, y dijo que llevaba la borriquilla para empeñarla en caso de necesidad.
Los huéspedes hablaron de lo difícil que sería para ellos encontrar alojamiento
en Belén, y José dijo que tenía varios amigos allá y que estaba seguro
de ser bien recibido. A mí me apenaba oírle hablar con tanta convicción de la
-113 -

buena acogida que le harían. Aún habló de esto mismo con María en el camino.
Vemos, pues, que hasta los santos pueden estar en error.
-114 -

XL
Llegada a Belén
esde el último alojamiento, Belén distaba unas tres leguas. Dieron un D rodeo hacia el Norte de la ciudad acercándose por el Occidente. Se detuvieron
debajo de un árbol, fuera del camino, y María bajó del asno, ordenándose
los vestidos. José se dirigió con María hacia un gran edificio rodeado
de construcciones pequeñas y de patios a pocos minutos de Belén. Había allí
muchos árboles. Numerosas personas habían levantado sus carpas en ese lugar.
Ésta era la antigua casa paterna de la familia de David, que fue propiedad
del padre de San José. Habitaban en ella parientes o gente relacionada con José;
pero éstos no lo quisieron reconocer y lo trataron como a extraño. En esta
casa se cobraban entonces los impuestos para el gobierno romano. José entró
acompañado de María, llevando el asno del cabestro, pues todos debían darse
a conocer cuando llegaban, y allí recibían el permiso para entrar en Belén.
La borriquilla no está junto a ellos: va corriendo alrededor de la ciudad, hacia
el Mediodía, donde hay un vallecito. José ha entrado en el gran edificio. María
se encuentra en compañía de varias mujeres en una casa pequeña que da al
patio. Estas mujeres son bastante benévolas y le dan de comer, pues cocinan
para los soldados de la guarnición. Son soldados romanos; tienen correas que
cuelgan de la cintura. La temperatura no es fría: es agradable; el sol se muestra
por encima de la montaña, entre Jerusalén y Betania. Desde este lugar se
contempla un paisaje muy hermoso. José se halla en una habitación espaciosa,
que no está en el piso bajo. Le preguntan quién es y-consultan grandes rollos
escritos, algunos suspendidos de los muros; los despliegan y leen su genealogía,
como también la de María. José parecía no saber que también María, por
Joaquín, descendía en línea directa de David. El hombre pregunta dónde se
halla su mujer. Hacía unos siete años que no habían regularizado el impuesto
para la gente del país, a causa de cierta confusión y desorden. Este impuesto
se halla en vigor desde hace dos meses: se pagaba en los siete años precedentes,
pero sin regularidad. Ahora es necesario pagarlo dos veces. José ha llegado
un poco retrasado para pagarlo, pero a pesar de ello lo tratan con cortesía.
Aún no ha pagado. Le preguntan cuáles son sus medios de vida; él responde
que no posee bienes raíces, que vivía de su oficio y que además recibía ayuda
de su suegra.
Hay en la casa gran cantidad de escribientes y empleados. Arriba están los
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romanos y los soldados. Veo fariseos, saduceos, sacerdotes, ancianos, cierto
número de escribas y otros funcionarios romanos y judíos. No hay ningún
otro comité semejante en Jerusalén; pero los hay en otros lugares del país,
como Mágdala, cerca del lago de Genesaret, adonde acuden a pagar las gentes
de Galilea y de Sidón, según creo. Sólo aquéllos que no tienen bienes raíces,
sobre los cuales recae el impuesto correspondiente, tienen que presentarse en
el lugar de su nacimiento. Este impuesto será dividido dentro de tres meses en
tres partes, cada uno con destino diferente. Una parte es para el emperador
Augusto, para Herodes y para otro príncipe que habita cerca de Egipto.
Habiendo participado en una guerra y teniendo derechos sobre una parte del
país, es preciso darle algo. La segunda parte está destinada a la construcción
del Templo: me parece que debe servir para abonar una deuda contraída. La
tercera debiera ser para las viudas y los pobres, que desde tiempo no reciben
nada; pero como casi siempre sucede, aún en nuestra época, este dinero no
llega casi nunca adonde debe llegar. Se dan estos buenos motivos para exigir
el impuesto, pero casi todo queda en manos de los poderosos.
Cuando estuvo arreglado lo de José, hicieron venir a María ante los escribas,
pero no pidieron papeles. Dijeron a José que no era necesario haber traído a
su mujer consigo. Añadieron algunas bromas a causa de la juventud de María,
dejando al pobre José lleno de confusión.
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XLI
La Sagrada Familia se refugia en la gruta
ntraron en Belén. Las casas aparecen muy separadas unas de otras. En-E traron por entre escombros, como si hubiese sido una puerta derruida.
María se quedó tranquila, junto al asno, al comienzo de una calle, mientras
José buscaba inútilmente alojamiento entre las primeras casas. Había muchos
extranjeros y se veían numerosas personas yendo de un lado a otro. José volvió
junto a María, diciéndole que no era posible encontrar alojamiento; que
debían penetrar más dentro de la ciudad. Caminaban llevando José al asno del
cabestro y María iba a su lado. Cuando llegaron a la entrada de otro calle, María
permaneció junto al asno, mientras José iba de casa en casa; pero no encontró
ninguna donde quisieran recibirlos. Volvió lleno de tristeza al lado de
María. Esto se repitió varias veces, y así tuvo María que esperar largo rato. En
todas partes decían que el sitio estaba ya tomado, y habiéndolo rechazado en
todas partes, José dijo a María que era necesario ir a otro lado en donde, sin
duda, encontrarían lugar. Retomaron la dirección contraria a la que habían
tomado al entrar y se dirigieron hacia el Mediodía. Siguieron una calleja que
más parecía un camino entre la campiña, pues las casas estaban aisladas, sobre
pequeñas colinas. Las tentativas fueron también allí infructuosas.
Llegados al otro lado de Belén, donde las casas se hallaban aún más dispersas,
encontraron un gran espacio vacío, como un campo desierto en el poblado. En
él había una especie de cobertizo y a poca distancia un árbol grande, parecido
al tilo, de tronco liso, con ramas extendidas, formando techumbre alrededor.
José condujo a María bajo este árbol, y le arregló un asiento con los bultos al
pie, para que pudiera descansar, mientras él volvía en busca de mejor asilo en
las casas vecinas. El asno quedó allí con la cabeza pegada al árbol. María, al
principio, permanecía de pie, apoyada al tronco del árbol. Su vestido de lana
blanca, sin cinturón, caíale en pliegues alrededor. Tenía la cabeza cubierta por
un velo blanco. Las personas que pasaban por allí la miraban, sin saber que su
Salvador, su Mesías, estaba tan cerca de ellos, ¡Qué paciente, qué humilde y
qué resignada estaba María! Tuvo que esperar mucho tiempo. Por fin sentóse
sobre las colchas, poniéndose las manos juntas en el pecho, con la cabeza baja.
José regresó lleno de tristeza, pues no había podido encontrar posada ni refugio.
Los amigos de quienes había hablado a María apenas si lo reconocían.
José lloró y María lo consoló con dulces palabras. Fue una vez más, de casa
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en casa, representando el estado de su mujer, para hacer más eficaz la petición;
pero era rechazado precisamente también a causa de eso mismo.
El paraje era solitario. No obstante, algunas personas se habían detenido mirándola
de lejos con curiosidad, como sucede cuando se ve a alguien que
permanece mucho tiempo en el mismo sitio a la caída de la tarde. Creo que
algunos dirigieron la palabra a María, preguntándole quién era. Al fin volvió
José, tan conturbado, que apenas se atrevía a acercarse a María. Le dijo que
había buscado inútilmente; pero que conocía un lugar, fuera de la ciudad,
donde los pastores solían reunirse cuando iban a Belén con sus rebaños: que
allí podrían encontrar siquiera un abrigo. José conocía aquel lugar desde su
juventud. Cuando sus hermanos lo molestaban, se retiraba con frecuencia allí
para rezar fuera del alcance de sus perseguidores. Decía José que si los pastores
volvían, se arreglaría fácilmente con ellos; que venían raramente en esa
época del año. Añadió que cuando ella estuviera tranquila en aquel lugar, él
volvería a salir en busca de alojamiento más apropiado. Salieron, pues, de Belén
por el Este siguiendo un sendero desierto que torcía a la izquierda. Era un
camino semejante al que anduvieran a lo largo de los muros desmoronados de
los fosos de las fortificaciones derruidas de una pequeña ciudad: se subía un
tanto al principio, luego descendía por la ladera de un montecillo. y los condujo
en algunos minutos al Este de Belén, delante del sitio que buscaban, cerca
de una colina o antigua muralla que tenía delante algunos árboles: terebintos
o cedros de hojas verdes; otros tenían hojas pequeñas como las del boj.
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XLII
Descripción de la gruta de Belén
n la extremidad Sur de la colina, alrededor de la cual torcía el camino E que lleva al valle de los pastores, estaba la gruta en la cual José buscó
refugio para María. Había allí otras grutas abiertas en la misma roca. La entrada
estaba al Oeste y un estrecho pasadizo conducía a una habitación redondeada
por un lado, triangular por otro, en la parte Este de la colina. La gruta
era natural; pero por el lado del Mediodía, frente al camino que llevaba al valle
de los pastores, se habían hecho algunos arreglos consistentes en trabajos
toscos de mampostería. Por el lado que miraba al Mediodía había otra entrada,
que generalmente estaba tapiada. José volvió a abrirla para mayor comodidad.
Saliendo por allí hacia la izquierda, había otra abertura más amplia,
que llevaba a una cueva estrecha e incómoda a mayor profundidad, que terminaba
debajo de la gruta del pesebre. La entrada común a la gruta del pesebre
miraba hacia el Oeste. Desde el lugar se podían ver los techos de algunas
casitas de Belén. Saliendo de allí y torciendo a la derecha, se llegaba a una
gruta más profunda y oscura, en la cual hubo de ocultarse María alguna vez.
Delante de la entrada, al Oeste, había un techito de juncos apoyado sobre estacas,
que se extendía al Mediodía y cubría la entrada de ese lado, de modo
que se podía estar a la sombra delante de la gruta. En la parte Meridional tenía
la gruta tres aberturas, con rejas por arriba, por donde entraba aire y luz. Una
abertura semejante había en la bóveda de la misma roca: estaba cubierta de
césped y era la extremidad de la altura sobre la cual estaba edificada la ciudad
de Belén. Pasando del corredor, que era más alto, a la gruta, formada por la
misma naturaleza, había que descender más. El suelo en torno de la gruta se
alzaba, de modo que la gruta misma estaba rodeada de un banco de piedra de
variable anchura.
Las paredes de la gruta, aunque no completamente lisas, eran bastantes uniformes
y limpias, hasta agradables a la vista. Al Norte del corredor había una
entrada a otra gruta lateral más pequeña. Pasando delante de esta entrada, se
hallaba el sitio donde José solía encender fuego; luego la pared daba vuelta al
Noreste en la otra gruta, más amplia, situada a mayor altura. Allí he visto más
tarde el asno de José. Detrás de este sitio había un rincón "bastante grande,
donde cabía el asno con suficiente forraje. En la parte Este de esta gruta, frente
a la entrada, fue donde se encontraba la Virgen Santísima cuando nació de
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ella la Luz del mundo. En la parte que se extiende al Mediodía estaba colocado
el pesebre donde fue adorado el Niño Jesús. El pesebre no era sino una
gamella excavada en la piedra misma, destinada a dar de beber a los animales.
Encima tenía un comedero, con ancha abertura, hecho de enrejado de maderas
y alzado sobre cuatro patas, de modo que los animales podían alcanzar cómodamente
el heno o el pasto colocado allí. Para beber no tenían más que agachar
la cabeza al bebedero de piedra que estaba debajo. Delante del pesebre,
hacia el Este de esta parte de la gruta, estaba sentada la Virgen con el Niño
Jesús cuando vinieron los tres Reyes a ofrecerle sus dones. Saliendo del pesebre,
y dando vuelta al Oeste en el corredor delante de la gruta, se pasaba por
frente a la entrada Meridional antedicha y se llegaba a un sitio donde hizo José
más tarde su habitación, separándola del resto mediante tabiques de zarzos.
En ese lado había una cavidad donde él depositaba varios objetos. Afuera, en
la parte Meridional de la gruta, pasaba el camino que conducía al valle de los
pastores. Diseminadas por las colinas, veíanse casitas, y en el llano cobertizos
con techos de cañas, sostenidos por estacas. Delante de la gruta la colina bajaba
a un valle sin salida, cerrado por el Norte, ancho de más o menos medio
cuarto de legua. Había allí zarzales, árboles y jardines.
Atravesando una hermosa pradera, donde había una fuente, y pasando bajo
los árboles alineados con simetría, se llegaba al Este del valle, en el cual se
encontraba una colina prominente y en ella la gruta de la tumba de Maraha, la
nodriza de Abrahán. Se llama también la Gruta de la leche. La Virgen Santísima
se refugió allí con el Niño Jesús repetidas veces. Sobre esta gruta había
un gran árbol, alrededor del cual veíanse algunos asientos. Desde aquí se podía
contemplar a Belén mejor que desde la entrada de la gruta del pesebre.
He sabido muchas cosas de la gruta del pesebre, sucedidas en los antiguos
tiempos. Recuerdo, entre otras, que Set, el niño de la promesa, fue concebido
y dado a luz en esta gruta por Eva, después de un período de penitencia de
siete años. Fue allí donde un ángel le dijo que le daba Dios a Set en lugar de
Abel. Aquí fue escondido y alimentado Set, y en la gruta de Maraha, pues sus
hermanos querían quitarle la vida, como los hijos de Jacob lo intentaron con
José.
En una época muy lejana, donde he visto que los hombres vivían en grutas,
pude verlos a menudo haciendo excavaciones en la piedra para poder habitar
y dormir cómodamente en ellas con sus hijos, sobre pieles de animales o sobre
colchones de hierbas. La excavación hecha debajo de la gruta del pesebre,
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puede haber servido de lecho a Set y a los habitantes posteriores. No tengo ya
certeza de estas cosas. Recuerdo también haber visto en mis visiones de la
predicación de Jesús que el 6 de Octubre el Señor, después de su bautismo,
celebró la festividad del sábado en la gruta del pesebre, que los pastores habían
transformado en oratorio.
Abrahán tenía una nodriza llamada Maraha, muy honrada por él y que llegó a
edad muy avanzada. Esta nodriza seguía a Abrahán en todas partes montada
en un camello, y vivó a su lado, en Sucot17, mucho tiempo. En sus últimos
tiempos lo siguió también al valle de los pastores, donde Abrahán había alzado
sus carpas en los alrededores de la gruta. Habiendo pasado los cien años y
viendo llegar su última hora pidió a Abrahán que la enterrara en esa gruta,
acerca de la cual hizo algunas predicciones, y a la que llamó Gruta de la leche
o Gruta de la nodriza. Aconteció en ella un hecho milagroso, que he olvidado,
y brotó allí una fuente del suelo. La gruta era entonces un corredor estrecho y
alto, abierto en una piedra blanca, no muy dura. De un lado había una capa de
esta materia que no alcanzaba hasta la bóveda. Trepando sobre esta capa de
materia se podía llegar hasta la entrada de otra gruta más alta. La gruta fue
ensanchada más tarde, puesto que Abrahán hizo excavar su parte lateral para
la tumba de Maraha. Sobre un gran bloque de piedra había una especie de
gamella, también de piedra, sostenida por patas cortas y gruesas. Quedé muy
asombrada al no ver nada de esto en tiempos de Jesucristo. Esta gruta de la
tumba de la nodriza tenía una relación profética con la Madre del Salvador, al
alimentar allí oculto a su Hijo, al cual perseguían; pues en la historia de la juventud
de Abrahán se halla también una persecución figurativa de ésta, y su
nodriza le salvó la vida ocultándolo en la gruta. Esta gruta era desde tiempos
de Abrahán lugar de devoción, sobre todo para las madres y nodrizas: en esto
había 'algo de profético, pues en la nodriza de Abrahán se veneraba, en figura,
a la Santísima Virgen, lo mismo como Elías la había visto en aquella nube
que traía la lluvia y le había dedicado un oratorio en el monte Carmelo. Maraha
había cooperado en cierta manera al advenimiento del Mesías, habiendo
alimentado con su leche a un antepasado de María. No puedo expresar esto
bien; pero todo era como un pozo profundo que iba hasta la fuente de la vida
universal y del que siempre se sirvieron, hasta que María surgió como única
fuente de agua limpia e inmaculada. El árbol que extendía su sombra sobre la
gruta, desde lejos parecía un gran tilo; era ancho por abajo y terminaba en
punta: era un terebinto. Abrahán se encontró con Melquisedec debajo de este
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árbol, no recuerdo ahora en qué ocasión. Este coposo árbol tenía algo de sagrado
para los pastores y las gentes de los alrededores: les gustaba descansar
bajo su sombra y orar. No recuerdo bien su historia, pero creo que el mismo
Abrahán lo plantó. Junto a él había una fuente donde los pastores iban por
agua en ciertas ocasiones y le atribuían virtudes singulares. A ambos liados
del árbol habían levantado cabañas abiertas, para descansar, y todo esto estaba
rodeado de un cerco protector. Más tarde he visto que Santa Elena hizo construir
allí una iglesia, donde se celebró la santa Misa.
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XLIII
José y María se refugian en la gruta de Belén
ra bastante tarde cuando José y María llegaron hasta la boca de la gruta. E La borriquilla, que desde la entrada de la Sagrada Familia en la casa paterna
de José había desaparecido corriendo en torno de la ciudad, corrió entonces
a su encuentro y se puso a brincar alegremente cerca de ellos. Viendo
esto la Virgen, dijo a José: "Ves, seguramente es la voluntad de Dios que entremos
aquí". José condujo el asno bajo el alero, delante de la gruta; preparó
un asiento para María, la cual se sentó mientras él hacía un poco de luz y penetraba
en la gruta. La entrada estaba un tanto obstruida por atados de paja y
esteras apoyadas contra las paredes. También dentro de la gruta había diversos
objetos que dificultaban el paso. José la despejó, preparando un sitio cómodo
para María, por el lado del Oriente. Colgó de la pared una lámpara encendida
e hizo entrar a María, la cual se acostó sobre el lecho que José le
había preparado con colchas y envoltorios. José le pidió humildemente perdón
por no haber podido encontrar algo mejor que este refugio tan impropio; pero
María, en su interior, se sentía feliz, llena de santa alegría. Cuando estuvo instalada
María, José salió con una bota de cuero y fue detrás de la colina, a la
pradera, donde corría una fuente, y llenándola de agua volvió a la gruta.
Más tarde fue a la ciudad, donde consiguió pequeños recipientes y un poco de
carbón. Como se aproximaba la fiesta del sábado y eran numerosos los forasteros
que habían entrado en la ciudad, se instalaron mesas en las esquinas de
algunas calles con los alimentos más indispensables para la venta. Creo que
había personas que no eran judías. José volvió trayendo carbones encendidos
en una caja enrejada; los puso a la entrada de la gruta y encendió fuego con
un manojito de astillas; preparó la comida, que consistió en panecillos y frutas
cocidas. Después de haber comido y rezado, José preparó un lecho para María
Santísima. Sobre una capa de juncos tendió una colcha semejante a las que yo
había visto en la casa de Ana y puso otra arrollada por cabecera. Luego metió
al asno y lo ató en un sitio donde no podía incomodar; tapó las aberturas de la
bóveda por donde entraba aire, y dispuso en la entrada un lugarcito para su
propio descanso.
Cuando empezó el sábado, José se acercó a María, bajo la lámpara, y recitó
con ella las oraciones correspondientes; después salió a la ciudad. María se
envolvió en sus ropas para el descanso. Durante la ausencia de José la vi re-
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zando de rodillas. Luego se tendió a dormir, echándose de lado. Su cabeza
descansaba sobre un brazo, encima de la almohada. José regresó tarde. Rezó
una vez más y se tendió humildemente en su lecho a la entrada de la gruta.
María pasó la fiesta del sábado rezando en la gruta, meditando- con gran concentración.
José salió varias veces: probablemente fue a la sinagoga de Belén.
Los vi comiendo alimentos preparados días antes y rezando juntos.
Por la tarde, cuando los judíos suelen hacer su paseo del sábado, José condujo
a María a la gruta de Maraha, nodriza de Abrahán. Allí se quedó algún tiempo.
Esta gruta era más espaciosa que la del pesebre y José dispuso allí otro
asiento. También estuvo bajo el árbol cercano, orando y meditando, hasta que
terminó el sábado. José la volvió a llevar, porque María le dijo que el nacimiento
tendría lugar aquel mismo día a medianoche, cuando se cumplían los
nueve meses transcurridos desde la salutación del ángel del Señor. María le
había pedido que lo tuviera dispuesto todo, de modo que pudiesen honrar en
la mejor forma posible la entrada al mundo del Niño prometido por Dios y
concebido en forma sobrenatural. Pidió también a José que rezara con ella por
las gentes que, a causa de la dureza de sus corazones, no habían querido darles
hospitalidad. José le ofreció traer de Belén a dos piadosas mujeres, que
conocía; pero María le dijo que no tenía necesidad del socorro de nadie. En
cuanto se puso el sol, antes de terminar el sábado, José volvió a Belén, donde
compró los objetos más necesarios: una escudilla, una mesita baja, frutas secas
y pasas de uva, volviendo con todo esto a la gruta. Fue a la gruta de Maraha
y llevó a María a la del pesebre, donde María se sentó sobre sus colchas,
mientras José preparaba la comida. Comieron y rezaron juntos. Hizo José una
separación entre el lugar para dormir y el resto de la gruta, ayudándose de
unas pértigas de las cuales suspendió algunas esteras que se encontraban allí.
Dio de comer al asno que estaba a la izquierda de la entrada, atado a la pared.
Llenó el comedero del pesebre de cañas y de pasto y musgo y por encima tendió
una colcha. Cuando la Virgen le indicó que se acercaba la hora, instándole
a ponerse en oración, José colgó del techo varias lámparas encendidas y salió
de la gruta, porque había escuchado un ruido a la entrada. Encontró a la pollina
que hasta entonces había estado vagando en libertad por el valle de los pastores
y volvía ahora, saltando y brincando, llena de alegría, alrededor de José.
Este la ató bajo el alero, delante de la gruta y le dio su forraje. Cuando, volvió
a la gruta vio, antes de entrar en ella, a la Virgen rezando de rodillas sobre su
lecho, vuelta de espaldas y mirando al Oriente. Le pareció que toda la gruta
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estaba en llamas y que María estaba rodeada de luz sobrenatural. José miró
todo esto como Moisés la zarza ardiendo. Luego, lleno de santo temor, entró
en su celda y se prosternó hasta el suelo en oración.
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XLIV
Nacimiento de Jesús
e visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más des-H lumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no
eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada
en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi
arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía
las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de ella crecía por
momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los
seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía
palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda.
Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María
hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso
de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad
seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la
tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien
se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado
en el suelo delante de María.
Vi a nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo
brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante
las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis
miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora
que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún
tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo
aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar.
En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando
al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus
brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el
Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a
los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para
adorarlo.
Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María
llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se
acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando
María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se
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levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura
alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.
María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi al, María y a José
sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda
contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado
Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "¡Ah, decía yo, este
lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"
He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas
plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en
la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el
Mediodía.
Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a
ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.
José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a
la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido
blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días
sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma
ni fatigada.
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XLV
Señales en la naturaleza. Anuncio a los pastores
H
e visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría,
un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de
muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría,
y, en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores. Hasta en
los animales he visto manifestarse alegría en sus movimientos y brincos. Las
flores levantaban sus corolas, las plantas y los árboles tomaban nuevo vigor y
verdor, y esparcían sus fragancias y perfumes. He visto brotar fuentes de agua
de la 'tierra. En el momento mismo del nacimiento de Jesús, brotó una fuente
abundante en la gruta de la colina del Norte. Cuando al día siguiente lo notó
José, le preparó en seguida un desagüe. El cielo tenía un color rojo oscuro sobre
Belén, mientras se veía un vapor tenue y brillante sobre la gruta del pesebre,
el valle de la gruta de Maraña y el valle de los pastores.
A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores,
había una colina donde empezaba una serie de viñedos que se extendía hasta
Gaza. En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores, jefes de
las familias de los demás pastores de las inmediaciones. A distancia doble de
la gruta del pesebre se encontraba lo que llamaban la torre de los pastores. Era
un gran andamiaje piramidal, hecho de madera, que tenía por base enormes
bloques de la misma roca: estaba rodeado de árboles verdes y se alzaba sobre
una colina aislada en medio de una llanura. Estaba rodeado de escaleras; tenía
galerías y torrecillas, todo cubierto de esteras. Guardaba cierto parecido con
las torres de madera que he visto en el país de los Reyes Magos, desde donde
observaban las estrellas. Desde lejos producía la impresión de un gran barco
con muchos mástiles y velas. Desde esta torre se gozaba de una espléndida
vista de toda la comarca. Se veía a Jerusalén y la montaña de la tentación en
el desierto de Jericó. Los pastores tenían allí a los hombres que vigilaban la
marcha de los rebaños y avisaban a los demás tocando cuernos de caza, si
acaso había alguna incursión de ladrones o gente de guerra. Las familias de
los pastores habitaban esos lugares en un radio de unas dos leguas. Tenían
granjas aisladas, con jardines y praderas. Se reunían junto a la torre, donde
guardaban los utensilios que tenían en común. A lo largo de la colina de la torre,
estaban las cabañas, y algo apartado de éstas había un gran cobertizo con
divisiones donde habitaban las mujeres de los pastores guardianes: allí prepa-
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raban la comida. He visto que en esta noche parte de los rebaños estaban cerca
de la torre, parte en el campo y el resto bajo un cobertizo cerca de la colina
de los pastores.
Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el
aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de
sus cabañas mirando a todos lados. Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria
sobre la gruta del pesebre. He visto que se pusieron en agitado movimiento
los pastores que estaban junto a la torre, los cuales subieron a su mirador
dirigiendo la vista hacia la gruta. Mientras los tres pastores estaban mirando
hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa,
dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero
vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, finalmente oí cánticos
muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros. Como al principio se
asustaran los pastores, apareció un ángel ante ellos, que les dijo: "No temáis,
pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha
nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por
señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre".
Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez
más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy
bellos y luminosos. Llevaban en las manos una especie de banderola larga,
donde se veían letras del tamaño de un palmo y oí que alababan a Dios cantando:
"Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra para los hombres de
buena voluntad".
Más tarde tuvieron la misma aparición los pastores que estaban junto a la torre.
Unos ángeles también aparecieron a otro grupo de pastores, cerca de una
fuente, al Este de la torre, a unas tres leguas de Belén. No he visto que los
pastores fueran en seguida a la gruta del pesebre, porque unos se encontraban
a legua y media de distancia y otros a tres: los he visto, en cambio, consultándose
unos a otros acerca de lo que llevarían al recién nacido y preparando los
regalos con toda premura. Llegaron a la gruta del pesebre al rayar el alba.
-129 -

XLVI
Señales en Jerusalén, en Roma y en otros pueblos
se
sta noche vi en el Templo a Noemí, la maestra de María, a la profetisa E Ana y al anciano Simeón. Vi, en Nazaret, a Ana, y en Juta, a Santa Isabel.
Todos tenían visiones y revelaciones del nacimiento del Salvador. He visto
al pequeño Juan Bautista, cerca de su madre, manifestando una alegría muy
grande. Vieron y reconocieron a María en medio de aquellas visiones, aunque
no sabían donde había tenido lugar el acontecimiento. Isabel tampoco lo sabía.
Sólo Ana sabía que tenía lugar en Belén. Esta noche vi en el Templo un
acontecimiento admirable y extraño: todos los rollos de escrituras de los saduceos
saltaban fuera de los armarios donde estaban encerrados, dispersándo18.
Este suceso causó mucho espanto en todos, pero los saduceos lo atribuyeron
a efectos de brujería, y repartieron dinero a los que lo sabían para que
mantuvieran el secreto.
He visto muchas cosas en Roma esta noche. Cuando Jesús nació vi un barrio
de la ciudad, donde vivían muchos judíos: allí brotó una fuente de aceite que
causó maravilla a todos los que la vieron. Una estatua magnífica de Júpiter
cayó de su pedestal en añicos, porque se desplomó la bóveda del templo. Los
paganos se llenaron de terror, hicieron sacrificios y preguntaron a otro ídolo,
el de Venus, creo, qué significaba aquello. El demonio respondió, por medio
de la estatua: "Esto ha sucedido porque una Virgen ha concebido un Hijo sin
dejar de ser virgen; y este Niño acaba de nacer". Este ídolo habló también
desde la fuente de aceite. En el sitio donde brotó la fuente se alzó una iglesia
dedicada a la Virgen María, Madre de Dios. Los sacerdotes paganos estaban
consternados y hacían averiguaciones19.
Setenta años antes de estos hechos vivía en Roma una buena y piadosa mujer.
No recuerdo ahora si era judía. Se llamaba algo así como Serena o Cyrena y
poseía algunos bienes de fortuna. Por ese tiempo se había recubierto de oro y
piedras preciosas el ídolo de Júpiter y se le ofrecían sacrificios solemnes.
La mujer tuvo visiones, y a consecuencia de ellas hizo varias profecías, diciendo
públicamente a los paganos que no debían rendir honores al ídolo de
Júpiter ni hacerle sacrificios, pues vendría un día en que lo verían caer hecho
pedazos. Los sacerdotes la hicieron comparecer y le preguntaron cuándo
habían de suceder estas cosas. Como no pudo determinar el tiempo, fue encerrada
en prisión y maltratada, hasta que Dios le hizo conocer que ello sucede-
-130 -

ría cuando una Virgen purísima diera a luz un Niño. Cuando dio esta respuesta,
se burlaron de ella y la dejaron en libertad, reputándola por loca. Sólo
cuando se derrumbó el templo, haciendo pedazos al ídolo, reconocieron que
había dicho la verdad, maravillándose de la época fijada y del acontecimiento,
aunque no sabían que la Santísima Virgen había sido la Madre e ignorando el
nacimiento del Salvador. He visto que los magistrados de Roma se informaron
de estos hechos, como de la fuente que había brotado. Uno de ellos fue un
tal Léntulo, abuelo de Moisés, sacerdote y mártir, y de aquel otro Léntulo, que
fue amigo de San Pedro en Roma.
Relacionado con el emperador Augusto he visto algo que ahora no recuerdo
bien. Vi al emperador con otras personas sobre una colina de Roma, en uno
de cuyos lados se encontraba el templo, cuya techumbre se había derrumbado.
Por unas gradas se llegaba hasta la cumbre de la colina donde había una puerta
dorada. Era un lugar donde se ventilaban asuntos de interés. Cuando el emperador
bajó de la colina, vio a la derecha, encima de ella, una aparición en el
cielo. Era una Virgen sobre un arco iris, con un Niño en el aire, que parecía
salir de ella. Creo que, el emperador fue el único que vio esta aparición. Para
conocer su significado hizo consultar a un oráculo que había enmudecido, el
cual en esa ocasión habló de un Niño recién nacido, a quien todos debían adorar
y rendir homenaje. El emperador hizo erigir un altar en el sitio de la colina
donde había visto la aparición, y después de haber ofrecido sacrificios, lo dedicó
al Primogénito de Dios. He olvidado otros detalles de este hecho.
He visto en Egipto un hecho que anunció el nacimiento de Jesucristo. Mucho
más allá de Matarea, de Heliópolis y de Menfis había un gran ídolo que pronunciaba
habitualmente toda clase de oráculos, y que de pronto enmudeció. El
Faraón mandó hacer sacrificios en todo el país a fin de saber por qué causa
había callado. El ídolo fue obligado por Dios a responder que guardaba silencio
y debía desaparecer, porque había nacido el Hijo de la Virgen y que en
aquel mismo sitio se levantaría un templo en honor de la Virgen. El Faraón
hizo levantar un templo allí mismo cerca del que había antes en honor del ídolo.
No recuerdo todo lo sucedido; sólo sé que el ídolo fue retirado y que se levantó
un templo a la anunciada Virgen y a su Niño, siendo honrados a la manera
de ellos.
Al tiempo del nacimiento de Jesucristo vi una maravillosa aparición que se
presentó a los Reyes Magos en su país. Estos Magos eran observadores de los
astros y tenían sobre una montaña una torre en forma de pirámide, donde
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siempre se encontraba uno de ellos con los sacerdotes observando el curso de
los astros y las estrellas. Escribían sus observaciones y se las comunicaban
unos a otros. Esta noche creo haber visto a dos de los Reyes Magos sobre la
torre piramidal. El tercero, que habitaba al Este del Mar Caspio, no estaba allí.
Observaban una determinada constelación en la cual veían de cuando en
cuando variantes, con diversas apariciones. Esta noche vi la imagen que se les
presentaba. No la vieron en una estrella, sino en una figura compuesta de varias
de ellas, entre las cuales parecía efectuarse un movimiento. Vieron un
hermoso arco iris sobre la media luna y sobre el arco iris sentada a la Virgen.
Tenía la rodilla izquierda ligeramente levantada y la pierna derecha más alargada,
descansando el pie sobre la media luna. A la izquierda de la Virgen, encima
del arco iris, apareció una cepa de vid,, y a la derecha, un haz de espigas
de trigo. Delante de la Virgen vi elevarse como un cáliz semejante al de la última
Cena. Del cáliz vi salir al Niño, y por encima de Él, un disco luminoso
parecido a una custodia vacía, de la que partían rayos semejantes a espigas.
Por eso pensé en el Santísimo Sacramento. Del costado derecho del Niño salió
una rama, en cuya extremidad apareció, a semejanza de una flor, una iglesia
octogonal con una gran puerta dorada y dos pequeñas laterales. La Virgen
hizo entrar al cáliz, al Niño y a la hostia en la iglesia, cuyo interior pude ver, y
que en aquel momento me pareció muy grande. En el fondo había una manifestación
de la Santísima Trinidad. La iglesia se transformó luego en una ciudad
brillante, que me pareció la Jerusalén celestial. En este cuadro vi muchas
cosas que se sucedían y parecían nacer unas de otras, mientras yo miraba el
interior de la iglesia. Ya no puedo recordar en qué forma se fueron sucediendo.
Tampoco recuerdo de qué manera supieron los Reyes Magos que Jesús
había nacido en Judea. El tercero de los Reyes, que vivía muy distante, vio la
aparición al mismo tiempo que los otros. Los Reyes sintieron una alegría muy
grande, juntaron sus dones y regalos y se dispusieron para el viaje. Se encontraron
al cabo de varios días de camino. Los días que precedieron al nacimiento
de Jesús, los veía sobre su observatorio} donde tuvieron varias visiones.
-132 -

XLVII
Antecedentes de los Reyes Magos
Q
uinientos años antes del nacimiento del Mesías, los antepasados de los
tres Reyes Magos eran poderosos y tenían más riquezas que sus descendientes,
ya que sus posesiones eran extensas y su herencia menos dividida.
Vivían entonces en tiendas de campaña, con excepción del antepasado del rey
que vivía al Este del Mar Caspio, cuya ciudad veo en este momento. Esta ciudad
tiene construcciones subterráneas de piedra, en lo alto de las cuales se alzan
pabellones, pues se halla cerca del mar, que se desborda con frecuencia.
Veo allí montañas muy altas y dos mares, uno a mi derecha y otro a mi izquierda.
Aquellos jefes de raza eran, según sus tradiciones, observadores y
adoradores de los astros, y existía en el país un culto abominable que consistía
en sacrificar a los viejos, a los hombres deformes y a veces también a los niños.
Lo más horrible era que estos niños eran vestidos de blanco y luego arrojados
en calderas donde morían hervidos. Toda esta abominación fue abolida.
A estos ciegos paganos Dios les anunció con mucha anticipación el nacimiento
del Salvador.
Aquellos príncipes tenían tres hijas versadas en el conocimiento de los astros.
Las tres recibieron el espíritu de profecía y supieron, por medio de una visión,
que una estrella saldría de Jacob y que una Virgen daría a luz al Salvador del
mundo. Vestidas de largos mantos recorrían el país predicando la reforma de
las costumbres y anunciando que los enviados del Salvador vendrían un día al
país trayendo el culto del Dios verdadero. Predecían muchas cosas más relativas
a nuestra época y a épocas más lejanas aún. A raíz de estas predicciones
los padres de estas jóvenes elevaron un templo ala futura Madre de Dios hacia
el Mediodía del mar, en el mismo sitio de los límites de sus países y allí ofrecieron
sacrificios. La predicción de las tres vírgenes se refería especialmente a
una constelación y a diversos cambios que habrían de producirse. Desde entonces
empezaron a observar aquella constelación desde lo alto de una colina
cercana al templo de la futura Madre de Dios, y de acuerdo con esas observaciones,
cambiaban algunas cosas en los templos, en el culto religioso y en los
ornamentos. Así he visto que el pabellón del templo era unas veces azul,-otras
rojo, otras amarillo, y demás colores. Me impresionó que pasaran su día de
fiesta al sábado, mientras antes celebraban el viernes. Todavía recuerdo el
nombre que daban a este día: Tanna o Tanneda.
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XLVIII
Fecha del nacimiento del Redentor
esucristo nació antes de cumplirse el año 3997 del mundo. Más tarde fue-J ron olvidados los cuatro años, menos algo, transcurridos desde su nacimiento
hasta el fin del 4000. Después se hizo comenzar nuestra era cuatro
años más tarde. Uno de los cónsules de Roma, llamado Léntulo, fue antepasado
del sacerdote y mártir Moisés, del cual tengo una reliquia. Había vivido en
tiempos de San Cipriano. De él desciende aquel otro Léntulo que fue amigo
de San Pedro en Roma. Herodes reinó cuarenta años. Durante siete años no
fue independiente; pero ya desde aquel tiempo oprimía al país y cometía actos
de crueldad. Murió, creo, en el año sexto de la vida de Jesús; su muerte se
guardó en secreto por algún tiempo. Herodes fue siempre sanguinario y hasta
en sus últimos días hizo mucho daño. Lo vi arrastrándose en medio de una
amplia habitación acolchada, con una lanza a su lado, queriendo herir a las
personas que se le acercaban. Jesús nació más o menos en el año treinta y
cuatro de su reinado.
Unos dos años antes de la entrada de María en el templo, Herodes mandó
hacer algunas construcciones allí. No hizo de nuevo el templo, sino algunas
reformas y mejoras. La huida a Egipto se produjo cuando Jesús tenía nueve
meses, y la matanza de los inocentes ocurrió durante el segundo año de la
edad de Jesús. El nacimiento de Jesús tuvo lugar en un año judío de trece meses,
que era un arreglo semejante a nuestros años bisiestos. Creo también que
los judíos tenían meses de veinte días dos veces al año y uno de veintidós días.
Pude oír algo de esto a propósito de los días de fiesta; pero ahora no me
queda más que un recuerdo confuso. He visto que se hicieron varias veces
cambios en el calendario. Sucedió esto al salir de un cautiverio, mientras se
trabajaba en la reconstrucción del Templo. He visto al hombre que cambió el
calendario y supe también su nombre.
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XLIX
Los pastores acuden con sus presentes
la caída de la tarde los tres pastores jefes se dirigieron a la gruta delA pesebre con los regalos, consistentes en animalitos parecidos a los
corzos. Si eran cabritos, eran muy distintos de los de nuestro país, pues
Si eran cabritos, n muy distintos de los de nuestro país, pues tenían cuello
largos, ojos hermosos muy brillantes, eran muy graciosos y ligeros al correr,
tíos pastores los llevaban atados con delgados cordeles. Traían sobre los
hombros aves que habían matado, y bajo el brazo otras vivas de mayor tamaño.
Al llegar, llamaron tímidamente a la puerta de la gruta y San José les salió
al encuentro. Ellos repitieron lo que les habían anunciado los ángeles y dijeron
que deseaban rendir homenaje al Niño de la Promesa y a ofrecerle sus pobres
obsequios. José aceptó sus regalos con humilde gratitud y los llevó junto
a la Virgen, que se hallaba sentada cerca del pesebre, con el Niño Jesús sobre
sus rodillas. Los tres pastores se hincaron con toda humildad, permaneciendo
mucho rato en silencio, como absortos en una alegría indecible. Cantaron luego
el cántico que habían oído a los ángeles y un salmo que no recuerdo.
Cuando estaban por irse, María les dio al Niño, que ellos tomaron en sus brazos,
uno después de otro, y llorando de emoción lo devolvieron a María, y se
retiraron.
Por la noche vinieron de la torre de los pastores, a cuatro leguas del pesebre,
otros pastores con sus mujeres y sus niños. Traían pájaros, huevos, miel, madejas
de hilo de diversos colores, pequeños atados que parecían de seda cruda
y ramas de una planta parecida al junco. Esta planta tiene unas espigas llenas
de semillas gruesas. Después que entregaron estos regalos a San José, se acercaron
humildemente al pesebre, al lado del cual se hallaba María sentada. Saludaron
a la Madre y al Niño; después, de rodillas, cantaron hermosos salmos,
el Gloria in excelsis de los ángeles y algunos otros muy breves. Yo cantaba
con ellos. Cantaban a varias voces y yo hice una vez la voz alta. Recuerdo
más o menos lo siguiente: "¡Oh Niñito, bermejo como la rosa, pareces semejante
a un mensajero de paz!" Cuando se despidieron, se inclinaban ante el
pesebre como si besaran al Niño.
Hoy he vuelto a ver a los tres pastores, ayudando a San José, uno después de
otro, a disponer todo con mayor comodidad en la gruta del pesebre y en las
cavernas laterales. He visto también junto a la Virgen varias piadosas mujeres
que la ayudaban en diversos servicios. Eran esenias que habitaban no lejos de
-135 -

la gruta en una angostura situada al Oriente. Estas mujeres vivían en unas especies
de casas abiertas en la roca a considerable altura de la colina. Tenían
jardincitos cerca de sus casas y se ocupaban en instruir a los niños de los esenios.
San José las había hecho venir porque desde su niñez conocía a esta asociación.
Cuando huía de sus hermanos habíase refugiado varias veces con
esas piadosas mujeres en la gruta del pesebre. Estas acercábanse una tras otra
a María, trayendo provisiones, y atendían los quehaceres de la Sagrada Familia.
Hoy he visto una escena muy conmovedora: José y María sé hallaban junto al
pesebre, contemplando con profunda ternura al Niño Jesús. De pronto el asno
se echó también de rodillas y agachó la cabeza hasta la tierra en acto de adoración.
María y José lloraban emocionados. Por la noche llegó un mensaje de
Santa Ana. Un anciano llegó de Nazaret con una viuda parienta de Ana, a la
cual servía. Traían diversos objetos para María. Al ver al Niño se conmovieron
extraordinariamente: el viejo derramaba lágrimas de alegría. Volvió a ponerse
en camino llevando noticias de lo visto a Ana, mientras la viuda se quedó
para servir a María.
Hoy he visto que la Virgen con el Niño Jesús, acompañada de la criada de
Ana, salieron de la gruta del pesebre durante algunas horas. María se refugió
en la gruta lateral, donde había brotado la fuente después del nacimiento de
Jesucristo. Pasó unas cuatro horas en esa gruta, en la cual habría de estar más
tarde, dos días enteros. José había estado arreglándola desde la mañana para
que pudiera estar allí con más comodidad. Se refugiaron en esa gruta, por inspiración
interior, pues habían venido personas de Belén a ver la gruta del pesebre,
y paréceme que eran emisarios de Herodes. A consecuencias de las
conversaciones de los pastores había corrido la voz de que algo milagroso
había sucedido allí al tener lugar el nacimiento del Niño. Vi a esos hombres
hablando un rato con José, a quien hallaron con los pastores delante de la gruta
del pesebre, y luego se fueron, riéndose y burlándose, cuando vieron la pobreza
del lugar y la simplicidad de las personas. María, después de haberse
quedado cuatro horas oculta en la gruta lateral, volvió a la del pesebre con el
Niño Jesús.
En la gruta del pesebre reina una amable tranquilidad, pues nadie viene hasta
este lugar y sólo los pastores están en comunicación con ella. En la ciudad de
Belén nadie se ocupa de lo que pasa en la gruta, pues hay mucha gente, agitación
y movimiento por razón de los forasteros. Se venden y matan muchos
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animales porque algunos forasteros pagan sus impuestos con ganado. Veo que
hay también paganos como criados y servidores.
Por la mañana el dueño de la última posada adonde se habían alojado José y
María a pasar la noche, envió un criado a la gruta del pesebre con varios regalos.
Él mismo llegó más tarde para rendir homenaje al Niño Jesús.
La noticia de la aparición del ángel a los pastores del valle en el momento del
nacimiento de Jesús, fue causa de que todos los pastores y gentes del valle
oyeran hablar del maravilloso Niño de la Promesa. Todos ellos acuden para
honrarlo.
Hoy mismo varios pastores y otras buenas personas llegaron a la gruta del Pesebre
y honraron al Niño con mucha devoción. Llevaban trajes de fiesta porque
iban a Belén para la solemnidad del sábado. Entre estos visitantes vi a
aquella mujer que el 20 de Noviembre había compensado la grosería de su
marido con la santa Familia, ofreciéndole hospitalidad. Hubiera podido ir más
fácilmente a Jerusalén, porque está más cerca, para la fiesta del sábado, pero
quiso hacer un rodeo más largo para ir a Belén y ver al Niño santo y a sus padres.
Sintióse después muy feliz por haberles ofrecido esta prueba de su afecto.
Por la tarde vi a un pariente de José, al lado de cuya casa la Sagrada Familia
había pasado la noche del 22 de Noviembre: ahora venía al Pesebre para
ver y saludar al Niño. Este hombre era el padre de Jonadab, el cual, en la hora
de la crucifixión, llevó a Jesús un lienzo para que se cubriera con él. Supo que
José había pasado cerca de su casa y había oído hablar de los hechos maravillosos
que acontecieron en el nacimiento del Niño, y teniendo que ir a Belén
para el sábado, llegó hasta la gruta trayendo algunos regalos. Saludó a María
y rindió homenaje al Niño. José lo recibió amistosamente; pero no quiso aceptar
de él nada, y sólo le pidió prestado algún dinero dándole en garantía la borriquilla
a condición de recuperarla al devolverle el dinero. José necesitaba
ese dinero para emplearlo en los regalos que debía hacer en la ceremonia de la
circuncisión y en la comida que habría de ofrecer.
-137 -

L
Celebra la Sagrada Familia la fiesta del Sábado
ientras me hallaba meditando en la historia de la borriquilla empeñada M ahora para cubrir los gastos de la circuncisión, y pensando que el
próximo Domingo, día en que tendrá lugar la ceremonia, se leería el Evangelio
del Domingo de Ramos, que relata la entrada de Jesús montado sobre un
asno, vi un cuadro del cual no puedo explicar bien el sentido ni sé donde se
realizaba. Bajo una palmera había dos carteles sostenidos por ángeles. Sobre
uno de ellos estaban representados diversos instrumentos de martirio; en el
centro había una columna y sobre ella un mortero con dos asas. En el otro cartel
había unas letras: creo que eran cifras indicando años y épocas de la historia
de la Iglesia. Por encima de la palmera estaba arrodillada una Virgen que
parecía salir del tallo y cuyo traje flotaba en el aire. Tenía en sus manos, debajo
del pecho, un vaso de igual forma que el cáliz de la última Cena, del cual
salía la figura de un Niño luminoso. Vi al Padre Eterno, en la forma que
siempre lo veo, acercarse a la palmera por encima de unas nubes, quitar una
gruesa rama que tenía la forma de una cruz y colocarla sobre el Niño. Después
vi al Niño atado a esa cruz de palma y a la Virgen Santísima presentando
a Dios Padre la rama con el Niño crucificado, mientras ella llevaba en la otra
mano el cáliz vacío, que parecía también su propio corazón. Cuando me disponía
a leer las letras del cartel, bajo la palmera, la llegada de una visita me
sacó de esta visión. No sabría decir si este cuadro lo vi en la gruta del pesebre
o en otra parte.
Cuando la gente se había ido a la sinagoga de Belén, José preparó en la gruta
la lámpara del sábado con las siete mechas; la encendió y colocó debajo de
ella una pequeña mesa con los rollos que contenían las oraciones. Bajo esta
lámpara celebró el sábado con la Virgen Santísima y la criada de Ana. Se
hallaban allí dos pastores un poco hacia atrás en la gruta y algunas mujeres
esenias. Hoy, antes de la fiesta del sábado, estas mujeres y la sirvienta prepararon
los alimentos. Vi que asaron pájaros en un asador puesto encima del
fuego. Los envolvían en una especie de harina hecha de semillas de espigas
de unas plantas semejantes a cañas, que se encuentran en estado silvestre en
lugares pantanosos de la comarca. Las he visto cultivadas en diversos sitios;
en Belén y en Hebrón crecen sin ser cultivadas. No las he visto cerca de Nazaret.
Los pastores de la torre habían traído algunas para José. He visto que
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las mujeres con esas semillas hacían una especie de crema blanca bastante espesa
y amasaban tortas con la harina. La Sagrada Familia guardó para su uso
una cantidad muy pequeña de las abundantes provisiones que los pastores
habían traído en sus visitas; lo sobrante lo regalaban a los pobres.
Hoy he visto varias personas que acudieron a la gruta del pesebre, y por la
noche, después de la terminación de las fiestas del Sábado, vi que las mujeres
esenias y la criada de Ana preparaban comida en una choza construida de ramas
verdes, que José, con la ayuda de los pastores, había levantado a la entrada
de la gruta. Había desocupado la habitación a la entrada de la gruta, tendido
colchas en el suelo y arreglado todo como para una fiesta, según le permitía
su pobreza. Dispuso así todas las cosas antes del comienzo del sábado,
pues el día siguiente era el octavo después del nacimiento de Jesús, cuando
debía ser circuncidado de conformidad con el precepto divino. Al caer la tarde
José fue a Belén y trajo consigo a tres sacerdotes, un anciano, una mujer y una
cuidadora para esta ceremonia. Tenía ésta un asiento, del que se servía en
ocasiones parecidas y una piedra octogonal chata y muy gruesa, que contenía
los objetos necesarios. Todo esto fue colocado sobre esteras donde debía tener
lugar la circuncisión, es decir en la entrada de la gruta, entre el rincón que
ocupaba José y el hogar. El asiento era una especie de cofre con cajones, los
cuales, puestos a continuación de los otros, formaban como un lecho de reposo
con un apoyo a un lado; se estaba uno allí recostado más que sentado. La
piedra octogonal tenía más de dos pies de diámetro. En el centro había una
cavidad octogonal también cubierta por una placa de metal, donde se hallaban
tres cajas y un cuchillo de piedra en compartimentos separados. Esta piedra
fue colocada al lado del asiento, sobre un pequeño escabel de tres patas que
hasta aquel momento había quedado bajo una cobertura, en el sitio donde
había nacido el Salvador.
Terminados estos arreglos los sacerdotes saludaron a María y al Niño Jesús, y
conversando amistosamente con la Virgen Santísima tomaron al Niño entre
sus brazos, y quedaron conmovidos. Después tuvo lugar la comida en la glorieta.
Muchos pobres que habían seguido a los sacerdotes, como solían hacer
en tales ocasiones, rodeaban la mesa y durante la comida recibían los regalos
de José y de los sacerdotes, de modo que pronto quedó todo distribuido. Al
ponerse el sol me parecía que su disco era más grande que en nuestro país. Lo
vi descender en el horizonte; sus rayos penetraban por la puerta abierta al interior
de la gruta.
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LI
La circuncisión de Jesús
rdían varias lámparas en la gruta. Durante la noche se rezó largo tiempo A y se entonaron cánticos. La ceremonia de la circuncisión tuvo lugar al
amanecer. María estaba preocupada e inquieta. Había dispuesto por si misma
los paños destinados a recibir la sangre y a vendar la herida, y los tenía delante,
en un pliegue de su manto. La piedra octogonal fue cubierta por los sacerdotes
con dos paños, rojo y blanco, éste encima, con oraciones y varias ceremonias.
Luego uno de los sacerdotes se apoyó sobre el asiento y la Virgen
que se había quedado envuelta en el fondo de la gruta con el Niño Jesús en
brazos, se lo entregó a la criada con los paños preparados. José lo recibió de
manos de la mujer y lo dio a la que había venido con los sacerdotes. Esta mujer
colocó al Niño, cubierto con un velo, sobre la cobertura de la piedra octogonal.
Recitaron nuevas oraciones. La mujer quitó al Niño sus pañales y lo
puso sobre las rodillas del sacerdote que se hallaba sentado. José inclinóse por
encima de los hombros del sacerdote y sostuvo al Niño por la parte superior
del cuerpo. Dos sacerdotes se arrodillaron a derecha e izquierda, teniendo cada
uno de ellos uno de sus piececitos, mientras el que realizaba la operación
se arrodilló delante del Niño. Descubrieron la piedra octogonal y levantaron
la placa metálica para tener a mano las tres cajas de ungüento; había allí aguas
para las heridas. Tanto el mango como la hoja del cuchillo eran de piedra. El
mango era pardo y pulido; tenía una ranura por la que se hacía entrar la hoja,
de color amarillento, que no me pareció muy filosa. La incisión fue hecha con
la punta curva del cuchillo. El sacerdote hizo uso también de la uña cortante
de su dedo. Exprimió la sangre de la herida y puso encima el ungüento y otros
ingredientes que sacó de las cajas. La cuidadora tomó al Niño y después de
haber vendado la herida lo envolvió de nuevo en sus pañales. Esta vez le fueron
fajados los brazos que antes llevaba libres y le pusieron en torno de la cabeza
el velo que lo cubría anteriormente.
Después de esto el Niño fue puesto de nuevo sobre la piedra octogonal y recitaron
otras oraciones.
El ángel había dicho a José que el Niño debía llamarse Jesús; pero el sacerdote
no aceptó al principio ese nombre y por eso se puso a rezar. Vi entonces a
un ángel que se le aparecía y le mostraba el nombre de Jesús sobre un cartel
parecido al que más tarde estuvo sobre la cruz del Calvario. No sé en realidad
-140 -

si el ángel fue visto por él o por otro sacerdote: lo cierto es que lo vi muy
emocionado escribiendo ese nombre en un pergamino, como impulsado por
una inspiración de lo alto. El Niño Jesús lloró mucho después de la ceremonia
de la circuncisión. He visto que José lo tomaba y lo ponía en brazos de María,
que se había quedado en el fondo de la gruta con dos mujeres más. María tomó
al Niño, llorando, se retiró al fondo donde se hallaba el pesebre, se sentó
cubierta con el velo y calmó al Niño dándole el pecho. José le entregó los pañales
teñidos en sangre. Se recitaron nuevamente oraciones y se cantaron
salmos. La lámpara ardía, aunque había amanecido completamente. Poco
después la Virgen se aproximó con el Niño y lo puso en la piedra octogonal.
Los sacerdotes inclinaron hacia ella sus manos cruzadas sobre la cabeza del
Niño, y luego se retiró María con el Niño Jesús. Antes de marcharse los sacerdotes
comieron algo en compañía de José y de dos pastores bajo la enramada.
Supe después que todos los que habían asistido a la ceremonia eran
personas buenas y que los sacerdotes se convirtieron y abrazaron la doctrina
del Salvador. Entre tanto, durante toda la mañana se distribuyeron regalos a
los pobres que acudían a la puerta de la gruta. Mientras duró la ceremonia el
asno estuvo atado en sitio aparte.
Hoy pasaron por la puerta unos mendigos sucios y harapientos, llevando envoltorios,
procedentes del valle de los pastores: parecía que iban a Jerusalén
para alguna fiesta. Pidieron limosna con mucha insolencia, profiriendo maldiciones
e injurias cerca del pesebre, diciendo que José no les daba bastante. No
supe quienes eran, pero me disgustó grandemente su proceder. Durante la noche
siguiente he visto al Niño a menudo desvelado a causa de sus dolores, y
que lloraba mucho. María y José lo tomaban en brazos uno después de otro y
lo paseaban alrededor de la gruta tratando de calmarlo.
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LII
Isabel acude a la gruta de Belén
sta noche vi a Isabel montada en un asno, conducido por un viejo criado E en camino de Juta a la gruta de Belén. José la recibió afectuosamente y
María la abrazó con un sentimiento de indecible alegría. Isabel estrechó al
Niño contra su pecho, derramando lágrimas de júbilo. Le prepararon un lecho
cerca del sitio donde había nacido Jesús. Delante de él había un banquillo alto
como el de aserrador, sobre el cual había un cofre pequeño donde solían colocar
al Niño Jesús. Debía ser una costumbre que usaban con los niños, pues ya
había visto en casa de Ana a María en su primera infancia reposando en un
banquillo parecido.
Anoche y durante el día de hoy vi a María e Isabel sentadas juntas en afectuosa
conversación. Yo me hallaba tan cerca de ellas que escuchaba sus palabras
con sentimiento de viva alegría. La Virgen contó a su prima todo lo que había
sucedido hasta entonces y cuando habló de lo que había sufrido buscando un
albergue en Belén, Isabel lloró muy conmovida. Le dijo muchas cosas referentes
al nacimiento de Jesús. Le explicó que en el momento de la anunciación,
su espíritu se había sentido arrebatado durante diez minutos, teniendo la
sensación de que su corazón se duplicaba y que un bienestar indecible entraba
en ella llenándola por completo. En el momento del nacimiento, se había sentido
también arrebatada con la sensación que los ángeles la llevaban arrodillada
por los aires y le había parecido que su corazón se dividía en dos partes y
que una mitad se separaba de la otra. Durante diez minutos había perdido el
uso de los sentidos. Luego sintió un vacío interior y un inmenso deseo de la
felicidad infinita que hasta aquel momento había habitado en ella y que ya no
estaba más. Había visto delante de sí una luz deslumbradora, en medio de la
cual su Niño había parecido crecer ante sus ojos. En ese momento lo vio moverse
y lo oyó llorar. Volviendo en sí lo levantó de la colcha y lo estrechó contra
su pecho, pues al principio había creído estar soñando y no se había atrevido
a tocar al Niño rodeado de tanta luz. Dijo no haberse dado cuenta del
momento en que el Niño se había separado de ella. Isabel le contestó: "En
vuestro alumbramiento habéis gozado favores que no tienen las demás mujeres.
El nacimiento de mi Juan fue también lleno de dulzura, pero todo se realizó
en forma muy diversa". Esto es lo que recuerdo de sus pláticas.
Al caer la tarde María se ocultó nuevamente con el Niño, acompañada de Isa-
-142 -

bel, en la caverna lateral, vecina a la gruta del pesebre; me parece que permanecieron
allí toda la noche. María procedió así porque muchas personas de
distinción acudían de Belén al pesebre por pura curiosidad, y no quiso mostrarse
a ellas. Hoy vi a María saliendo con el Niño de la gruta del pesebre,
yendo a otra que está a la derecha. La entrada es estrecha y unos catorce escalones
inclinados llevan primero a una pequeña cueva y después a una habitación
subterránea más amplia que la gruta del pesebre. José la separó en dos
partes por medio de una colcha que suspendió de la techumbre. La parte contigua
a la entrada era semicircular y la otra cuadrada. La luz no venía de arriba,
sino de aberturas laterales que atravesaban una roca muy ancha. Unos días
antes había visto a un hombre sacar de aquella gruta haces de leña y de paja y
paquetes de cañas como los que usaba José para hacer fuego. Fue un pastor el
que hizo este servicio. Esta gruta era más amplia y clara que la del pesebre. El
asno no estaba en ella. Vi al Niño Jesús acostado en una gamella abierta en la
roca. En los días precedentes vi a María a menudo junto a algunos visitantes
mostrándoles al Niño cubierto con un velo y teniendo sólo un paño alrededor
del cuerpo. Otras veces lo veía del todo fajado. He visto que la cuidadora que
había asistido a la circuncisión venía a menudo a visitar al Niño. María le daba
casi todo lo que traían los visitantes para que ella lo distribuyera entre los
pobres del lugar y de Belén.
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LIII
Los países de los Reyes Magos
i el nacimiento de Jesucristo anunciado a los Reyes Magos. He visto a V Mensor y a Sair: estaban en el país del primero y observaban los astros,
después de haber hecho los preparativos del viaje. Observaban la estrella de
Jacob desde lo alto de una torre piramidal. Esta estrella tenía una cola que se
dilató ante sus ojos, y vieron a una Virgen brillante, delante de la cual, en medio
del aire, se veía un Niño luminoso. Al lado derecho del Niño brotó una
rama, en cuya extremidad apareció, como una flor, una pequeña torre con varias
entradas que acabó por transformarse en ciudad. Inmediatamente después
de esta aparición los dos Reyes se pusieron en marcha. Teokeno, el tercero de
los Reyes, que vivía más hacia el oriente, a dos días de viaje, tuvo igual aparición,
a la misma hora, y partió en seguida aceleradamente para reunirse con
sus dos amigos, a los que encontró en el camino.
Me dormí con gran deseo de encontrarme en la gruta del pesebre, cerca de la
Madre de Dios, con el ansia de que ella me diera al Niño Jesús para tenerlo en
mis brazos algún tiempo y estrecharlo contra mi corazón. Me acerqué a la
gruta del pesebre. Era de noche. José dormía apoyado en el brazo derecho, en
su aposento, cerca de la entrada. María estaba despierta, sentada en su sitio de
costumbre, cerca del pesebre, teniendo al pequeño Jesús a su pecho, cubierta
con un velo. Me arrodillé allí y le adoré, sintiendo un, gran deseo de ver al
Niño. ¡Ah, María bien lo sabía! ¡Ella lo sabe todo y acoge todo lo que se le
pide con bondad muy conmovedora, siempre que se rece con fe sincera! Pero
ahora estaba silenciosa, en recogimiento; adoraba respetuosamente a Aquél de
quien era Madre. No me dio al Niño, porque creo lo estaba amamantando. En
su lugar, yo hubiera hecho lo mismo. Mi ansia crecía más y se confundía con
el de todas las almas que suspiraban por el Niño Jesús. Pero esta ansia mía no
era tan pura, tan inocente ni tan sincera como la del corazón de los buenos
Reyes Magos del Oriente, que lo habían aguardado desde siglos en las personas
de sus antepasados, creyendo, esperando y amando. Así fue que mi deseo
se volvió hacia ellos. Cuando acabé de rezar, me deslicé respetuosamente fuera
de la gruta y fui llevada por un largo camino hasta el cortejo de los Reyes
Magos.
A través del camino he visto muchos países, moradas y gentes con sus trajes,
sus costumbres y su culto; pero casi todo se me ha ido de la memoria. Fui lle-
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vada al Oriente a una región donde nunca había estado, casi toda estéril y arenosa.
Cerca de unas colinas habitaban en cabañas, bajo enramadas, pequeños
grupos de hombres. Eran familias aisladas de cinco a ocho personas. El techo
de ramas se apoyaba en la colina donde habían cavado las habitaciones. Esta
región no producía casi nada; sólo brotaban zarzales y algún arbolillo con capullos
de algodón blanco. En otros árboles más grandes colocaban a sus ídolos.
Aquellos hombres vivían aún en estado salvaje. Me pareció que se alimentaban
de carne cruda, especialmente de pájaros y se dedicaban al latrocinio.
Eran de color cobrizo y tenían los cabellos rojos como el pelo de zorro.
Eran bajos, macizos, más bien gordos que flacos; eran muy hábiles, activos y
ágiles. En sus habitaciones no había animales domésticos ni tenían rebaños.
Confeccionaban una especie de colchas con algodón que recogían de sus pequeños
árboles. Hilaban largas cuerdas del espesor de un dedo que luego trenzaban
para hacer anchas tiras de tejidos. Cuando habían preparado cierta cantidad
ponían sobre sus cabezas grandes atados de colchas e iban a venderlas a
la ciudad. También he visto sus ídolos en varios lugares, bajo frondosos árboles:
tenían cabeza de toro con cuernos y boca grande; en el cuerpo agujeros
redondos y más abajo una abertura ancha donde encendían fuego para quemar
las ofrendas colocadas en otras aberturas más pequeñas. Alrededor de cada
árbol, bajo los cuales había ídolos, veíanse otras figuras de animales sobre columnitas
de piedra. Eran pájaros, dragones y una figura que tenía tres cabezas
de perro y una cola de Serpiente arrollada sobre si misma.
Al comenzar el viaje tuve la idea de que había gran cantidad de agua a mi derecha
y que me alejaba cada vez roas de ella. Pasada esta región, el sendero
subía siempre. Atravesé la cresta de una montaña de arena blanca donde había
gran cantidad de piedrecillas negras quebradas semejantes a fragmentos de jarrones
y escudillas. Del otro lado bajé a una región cubierta de árboles que parecían
alineados en orden perfecto. Algunos de estos árboles tenían el tronco
cubierto de escamas; las hojas eran extraordinariamente grandes. Otros eran
de forma piramidal, con grandes y hermosas flores. Estos últimos tenían hojas
de un verde amarillento y ramas con capullos. He visto otros árboles con
hojas muy lisas, en forma de corazón.
Llegué después a un país de praderas que se extendía hasta donde alcanzaba
la vista en medio de alturas. Había allí innumerables rebaños. Los viñedos
crecían alrededor de las colinas. Había filas de cepas sobre terrazas con pequeños
vallados de ramas para protegerlas. Los dueños de los rebaños habita-
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ban en carpas, cuya entrada estaba cerrada por medio de zarzos livianos.
Aquellas carpas estaban hechas con tejido de lana blanca fabricado por los
pueblos más salvajes que había visto antes. En el centro había una gran carpa
rodeada de muchas otras pequeñas. Los rebaños, separados en clases, vagaban
por extensos prados divididos por setos de zarzales. Había diferentes tipos de
rebaños: carneros cuya lana colgaba en largas trenzas, con grandes colas lanudas;
otros animales muy ágiles, con cuernos, como los de los chivos, grandes
como terneros; otros tenían el tamaño de los caballos que corren en libertad
en nuestras praderas. Había también manadas de camellos y animales de
la misma especie pero con dos jorobas. En un recinto cerrado vi elefantes
blancos y algunos manchados: estaban domesticados y servían para los trabajos
ordinarios. Esta visión fue interrumpida tres veces por diversas circunstancias,
pero volví siempre a ella. Aquellos rebaños y pastizales pertenecían,
según creo, a uno de los Reyes Magos que se hallaba entonces de viaje; me
parece que eran del Rey Mensor y sus parientes. Habían sido puestos al cuidado
de otros pastores subalternos que vestían chaquetas largas hasta las rodillas,
más o menos de la forma de las de nuestros campesinos, pero más estrechas.
Creo que por haber partido el jefe para un largo viaje todos los rebaños
fueron revisados por inspectores, y los pastores subalternos tuvieron que decir
la cantidad exacta, pues he podido ver a cierta gente, cubierta de grandes
abrigos, venir de cuando en cuando para tomar nota de todo. Se instalaban en
la gran carpa principal y central y hacían desfilar a todos los rebaños entre esta
carpa y las más pequeñas. Así se examinaba y contaba todo. Los que nacían
las cuentas tenían en las manos una especie de tablilla, no sé de qué materia,
sobre la cual escribían. Viendo esto, me decía: "¡Ojalá pudieran nuestros
obispos examinar con el mismo cuidado los rebaños confiados a los pastores
subalternos!" Cuando después de la última interrupción de esta visión volví a
estas praderas, era ya de noche. La mayor parte de los pastores descansaban
bajo carpas pequeñas. Sólo algunos velaban caminando de un lado a otro en
torno a las reses, encerradas, según su especie, en grandes recintos separados.
Yo miraba con afecto estos rebaños que dormían en paz pensando que pertenecían
a hombres, los cuales habían abandonado la contemplación de los azules
prados del cielo, sembrados de estrellas, y habían partido siguiendo el llamado
de su Creador Todopoderoso, como fieles rebaños, para seguirlo con
más obediencia que los corderos de esta tierra siguen a sus pastores terrenales.
Veía a los pastores que miraban más a menudo las estrellas del cielo que sus
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rebaños de la tierra. Yo pensaba: "Tienen razón en levantar los ojos asombrados
y agradecidos hasta el cielo mirando hacia donde sus antepasados, desde
hace siglos, perseverando en la espera y en la oración, no han cesado de levantar
sus miradas".
El buen pastor que busca la oveja perdida, no descansa hasta haberla encontrado
y traído de nuevo. Lo mismo acaba de hacer el Padre que está en los cielos,
el verdadero pastor de los innumerables rebaños de estrellas extendidos
en la inmensidad. Al pecar el hombre, a quien Dios había sometido toda la
tierra, Dios maldijo a ésta en castigo de su crimen; fue a buscar al hombre
caído en la tierra, su residencia, como a una oveja perdida; envió desde lo alto
del cielo a su Hijo único para que se hiciera hombre, guiara a aquella oveja
descaminada, tomara sobre Él todos sus pecados en calidad de Cordero de
Dios, y, muriendo, diera satisfacción a la justicia divina. Y este advenimiento
del Redentor había tenido lugar. Los reyes de aquel país, guiados por una estrella,
habían partido la noche anterior para rendir homenaje al Salvador recién
nacido. Por causa de esto, los que velaban sobre los rebaños, miraban
con emoción los prados celestiales y oraban; pues el Pastor de los pastores
acababa de bajar de los cielos, y fue a los pastores, antes que a nadie, a quienes
había anunciado su venida.
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LIV
La comitiva de Teokeno
ientras yo contemplaba la inmensa llanura, el silencio de la noche fue M interrumpido por el ruido que producía un grupo de hombres que llegaban
apresuradamente montados en camellos. El cortejo, pasando a lo largo
de los rebaños que descansaban, se dirigió rápidamente hacia la carpa central.
Algunos camellos se despertaban aquí y allá e inclinaban sus largos cuellos
hacia la comitiva que pasaba. Se oía el balar de los corderos, interrumpidos en
su sueño. Algunos de los recién llegados bajaron de sus monturas y despertaban
a los pastores que dormían. Los vigías más próximos se juntaron al cortejo.
Pronto todos estuvieron en pie y en movimiento en torno de los viajeros.
La gente conversaba mirando al cielo e indicando las estrellas. Se referían a
un astro o a una aparición celeste que ya no se percibía más, pues yo misma
ya no pude verla. Era el cortejo de Teokeno, el tercero de los Reyes Magos
que habitaba más lejos. Había visto en su patria la misma aparición en el cielo
que vieron sus compañeros y de inmediato se puso en camino. Ahora preguntaba
cuánta ventaja le llevaban de camino Mensor y Sair, y si aún se veía la
estrella que había tomado como guía. Cuando hubo recibido los informes necesarios,
continuó su viaje sin detenerse mayormente. Este era el lugar donde
los tres Reyes, que vivían muy lejos uno de otro, solían reunirse para observar
los astros y en su cercanía se hallaba la torre piramidal en cuya cumbre hacían
observaciones. Teokeno era entre los tres el que habitaba más lejos. Vivía
más allá del país donde residió Abrahán al principio, y se había establecido
alrededor de esa comarca.
En los intervalos entre las visiones que tuve tres veces, durante este día, relativas
a lo que sucedía en la gran llanura de los rebaños, me fueron mostradas
diversas cosas sobre los países donde había vivido Abrahán: he olvidado la
mayor parte. Vi una vez, a gran distancia, la altura donde Abrahán debía sacrificar
a su hijo Isaac. La primera morada de Abrahán se hallaba situada sobre
una gran elevación, y los países de los tres Reyes Magos eran más bajos y
estaban alrededor de aquel lugar de Abrahán. Otra vez vi, muy claramente, a
pesar de ocurrir muy lejos, el hecho de Agar y de Ismael en el desierto. Relato
lo que pude ver de esto. A un lado de la montaña de Abraham, hacia el fondo
del valle, he visto a Agar con su hijo errando en medio de los matorrales. Parecía
estar fuera de si. El niño era todavía muy pequeño y tenía un vestido
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largo. Ella andaba envuelta en un largo manto que le cubría la cabeza y debajo
llevaba un vestido corto con un corpiño ajustado. Puso al niño bajo un árbol
cerca de una colina y le hizo unas marcas en la frente, en la parte superior
del brazo derecho, en el pecho y en la parte alta del brazo izquierdo. No vi la
marca de la frente; pero las otras, hechas sobre el vestido, permanecieron visibles
y parecían trazadas en rojo. Tenían la forma de una cruz, no común, sino
parecida a una de Malta que llevara en el centro un círculo, del que partían
los cuatro triángulos que formaban la cruz. En cada uno de los triángulos
Agar escribió unos signos o letras en forma de gancho, cuyo significado no
pude comprender. En el círculo del centro trazó dos o tres letras. Hizo todo el
dibujo muy rápidamente con un color rojo que parecía tener en la mano y que
quizás era sangre. Se apartó de allí, levantando sus ojos al cielo, sin mirar el
lugar donde dejaba a su hijo, y fue a sentarse a la sombra de un árbol como a
la distancia de un tiro de fusil. Estando allí oyó una voz en lo alto; se apartó
más aún del lugar primero, y habiendo escuchado la voz por segunda vez dio
con una fuente de agua oculta entre el follaje. Llenó de agua su odre, y volviendo
de nuevo al lado de su hijo, le dio de beber; luego lo llevó consigo
junto a la fuente, y encima del vestido que tenía las marcas hechas, le puso
otra vestimenta. Me parece haber visto otra vez a Agar en el desierto antes del
nacimiento de Ismael.
Al amanecer, el acompañamiento de Teokeno alcanzó a unirse al de Mensor y
de Sair cerca de una población en ruinas. Se veían allí largas filas de columnas,
aisladas unas de otras, y puertas coronadas por torrecitas cuadradas, todo
medio derruido. Aún se veían algunas grandes y hermosas estatuas, no tan rígidas
como las de Egipto, sino en graciosas actitudes, cual si fueran vivientes.
En general el país era arenoso y lleno de rocas. He visto que en las ruinas de
la ciudad se habían establecido gentes que más bien parecían bandoleros y
vagabundos; como único vestido llevaban pieles de animales echadas sobre el
cuerpo y tenían armas de flechas y venablos. Aunque eran de estatura baja y
gruesos, eran ágiles en gran manera; tenían la piel tostada. Creía reconocer este
lugar por haber estado antes, en ocasión de mis viajes a la montaña de los
profetas y al país del Ganges. Cuando se encontraron reunidos los tres Reyes,
dejaron el lugar por la mañana muy temprano, con ánimo de continuar viaje
con apuro. He visto que muchos habitantes pobres siguieron a los Reyes, por
la liberalidad con que los trataban. Después de otro medio día de viaje se detuvieron.
Después de la muerte de Jesucris